La partida de Mario Gómez revalida el hito de los 33 mineros.
Que la humareda de los asados dieciocheros y la resaca patria XL no nos haga pasar por alto (al menos no en esta columna) que ha pasado a mejor vida Mario Gómez, el mayor de los mineros rescatados de las entrañas de la mina San José aquel inolvidable 13 de octubre del 2010.
El impacto televisivo que significó esa operación equivalió, sin temor a exagerar, a la llegada del hombre a la luna para muchos chilenos. En lo personal estaba haciendo mis primeras armas en la red social X (exTwitter) y desde esa plataforma no fuimos pocos quienes compartíamos nuestras emociones por lo que nos traía la pantalla chica. Era una mezcla extraña e inquietante entre ser testigos a través del televisor de un episodio histórico y transformarse en el propio medio de comunicación de uno, sin comités editoriales de por medio.
Entre los recuerdos que tengo está ese papel de redacción perfecta y capacidad de síntesis notable, ‘Estamos bien en el refugio los 33'. Periodísticamente, una pieza de colección, por lo testimonial y lo bien escrita. También la ingenieril precisión del cálculo para barrenar la dura piedra nortina y hacer el orificio salvador justo sobre la posición de los atrapados, que vivían su propio reality a 700 metros de profundidad. Y, por supuesto, esa primera imagen imborrable que nos mostraba a nuestros compatriotas con vida y enteros. Era una especie de lente de ojo de pez el que los captaba, desatando un reguero de esperanza en todo el territorio.
Luego fueron emergiendo uno tras otro los mineros, turnándose para habitar la famosa cápsula Fénix (gran nombre; hubo un muy buen marketing detrás de todo esto). Hoy se exhibe en el museo Regional de Atacama. Se encuentra al mismo nivel histórico de tesoros como la espada de O'Higgins o la campana de La Esmeralda.
Mario fue el noveno en salir. No fue tan histriónico como Mario Sepúlveda ni tan famoso en su etapa anterior como el exfutbolista Franklin Lobos (no confundir con Frank Lobos), que en Cobresal le dio muchos pases de gol a un joven llamado Iván Zamorano.
No le pidieron matrimonio apenas asomó de la mina, como a Claudio Yáñez, ni visitó Graceland (la mansión de su ídolo, Elvis Presley), como Edison Peña. El gran sello que deja Gómez fue que siempre intentó mantener el vínculo entre ese puñado de milagros vivientes (la estadística indica que el porcentaje de éxito en estos salvatajes es mínimo). Es el primero de esos mineros en morir. Visto de otro modo, el primero en ser recordado para siempre.


