Saltando azoteas

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Tras pasar una tarde viendo videos de parkour, esa onda surgida en Francia en los 90, mezcla de técnica deportiva, militarismo y precaria filosofía, se me ocurrió que en algo representaba el tlno de nuetsra vida actual.

Barthes habla en uno de sus textos de la desaparición del enamorado, el tipo que hace un siglo era frecuente ver en París avanzando por las calles con un ramo de flores y la mirada perdida, cifrada en el lejano «objeto amoroso». Me imagino que es el efecto visual que podría haber generado años después -de ahí su gracioso anacronismo- el Profesor Jirafales si hubiéramos logrado verlo en camino hacia la vecindad de Doña Florinda. Debo decir que hace no muchos años detecté, en una calle de Providencia, a un individuo de esta especie: un hombre rubio y alto, excesivamente elegante, que se bajó de un taxi y se puso a andar con pasos largos, decididos, con el consabido y abultado ramo de rosas apretado contra el pecho. Las mujeres que pasaban por ahí se detuvieron a mirarlo, ¡suspirando!

Me pregunto qué signo de esta índole quedará de nuestros días. Es difícil precisarlo. Las modas, las modalidades, las tendencias, las manifestaciones psicológicas colectivas, todo eso es hoy día muy fugaz y no alcanza a constituirse en la memoria antes de desaparecer. Me dicen, por ejemplo, que los pokemones ya no existen, antes de que yo alcanzara a entender lo que realmente fueron. Las encadenadas discusiones sobre «el ser peloláis», que hicieron nata en internet hará un par de años, ya parecen no tener vigencia («si es simplemente por el pelo liso, entonces mi nana sería peloláis», reflexionaba una niña). El concepto, nacido específicamente en el Villa María, se diluyó en el piélago social. Hoy hay guataláis y hasta flaiteláis, una contradicción en los términos.

Tras pasar una tarde viendo videos de «parkour», esa onda surgida en Francia en los 90, mezcla de técnica deportiva, militarismo y precaria filosofía, se me ocurrió que en algo representaba el tono de nuestra vida actual. Son imágenes un poco absurdas, a veces muy bonitas, de jóvenes que se desplazan por las ciudades del mundo saltando explanadas, azoteas, rampas, promontorios, árboles y barreras de contención en un flujo continuo. Siempre es cautivante lo que se ve en segundo plano, fugazmente: la ciudad misma, con sus soles tardíos, sus filas de luces, sus perspectivas misteriosas o aun su sordidez.

Es cierto que los antiguos monreros, practicantes del «robo con escalamiento», fueron sin saberlo precursores del «parkour». Era cuestión de asombro verlos saltar murallas, lanzarse de un tercer piso e incluso correr entre los autos de una avenida. Pero lo de ahora no tiene carácter delictual. Uno de los videos que vi mostraba a un muchachón chileno saltando el molinete del metro, para luego lanzarse sobre el techo del tren, caer al andén y entrar a un vagón con total naturalidad. Vista en los noticieros, esta secuencia enciende las alarmas sobre las peligrosas modas de la juventud. Vista en Youtube, con música, adquiere cierto valor estético.

Me queda poco espacio: quiero mencionar a Danny MacAskill, el escocés que hace algo similar pero en bicicleta. Las piruetas de MacAskill no son circenses, sino más bien metafísicas. Aun considerando que su cuerpo y su bicicleta comparten una misma alma, es difícil entender cómo se equilibra en el borde superior de una pared, o cómo aprovecha la curvatura de un árbol para trepar e impulsarse al vacío.

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