Actorazo de la película Los que se quedan
Poco después de ganar el Globo de Oro por su papel en «Los que se quedan», el actor Paul Giamatti figuraba con traje elegante en un local de comida rápida comiendo una hamburguesa mientras el trofeo descansaba sobre la mesa. Una escena parecida a la de «Entre copas» (2004) en que su personaje, azotado por la vida, llega impecable a una fuente de soda para empinarse escondido una botella de vino que había reservado para un día especial. Como antecedente, el director de ambas películas es Alexander Payne, quien escribió su reciente filme con Giamatti en mente.
Acá el actor se vuelve un solitario profesor de un colegio que encuentra algo de satisfacción en su actitud inflexible y burlona. Es un trabajo minucioso y hasta bello para obtener un personaje que hasta pareciera expeler el aroma al whisky que se empina.
Payne ha dicho que Giamatti no sólo consigue transitar de una emoción a otra, sino que demuestra todos los estados intermedios. En «Los que se quedan» esta capacidad alcanza su mejor versión. Ayuda mucho su aspecto. Si a los 20 años sólo lo empleaban de extra, esa apariencia de oficinista le permite cubrir una infinidad de personajes desde que llamara la atención a los 37, con «Entre copas».
Giamatti se queja de que a menudo lo llaman para interpretar profesores o intelectuales, un entorno que conoce bien porque su padre fue presidente de la Universidad de Yale. Allí el joven Paul se dedicó a la filología hasta que derivó al teatro en un periodo en que los estudiantes eran eclipsados por un compañero que consiguió la fama muy rápido: Edward Norton.
Con una carrera sólida, Giamatti aún detesta hablar en público. Si esa personalidad y apariencia le han impedido convertirse en una estrella, no le han cerrado el camino para deslumbrar como un actor que le sube el pelo a las películas.
«Los que se quedan» está construida a su alrededor. Payne explota esas crisis de la vida en que los personajes pierden la compostura hasta quedar en un territorio entre la tragedia y el ridículo. Se tambalean, caen y salen a flote para felicidad de la audiencia que se encariña con esos pobres diablos parecidos a nosotros.


