Los misterios eróticos son difíciles de desentrañar, pero los compadres como Carlos Larraín no sólo lo saben todo, sino que además insisten en forzar a los demás a que apliquen su dudosa sabiduría sexual.
Carlos Larraín ha reconocido paladinamente -ése es su lenguaje de patrón de fundo- que se equivocó al comparar en Tolerancia cero a los homosexuales con los pedófilos y los aficionados al bestialismoMetió las patas, las sacó un poco, pero su discurso es el que complace a los cerebros resecos de Chile. ¿Cuál es el sentimiento de fondo? Se trata, en este caso, de humillar a los homosexuales. Y da un poco de lata ponerse a hablar de «los homosexuales», porque es como demasiado preciso, demasiado serial, parecido a decir los departamenteros, los mayoneseros o los futboleros, como si vivir en un departamento o comer la ensalada con mayonesa o ver el Mundial fuesen marcas fatales. Los misterios eróticos son difíciles de desentrañar, pero los compadres tipo Larraín no sólo lo saben todo (¿quién les habrá enseñado tanto?), sino que además insisten en forzar a los demás a que apliquen su dudosa sabiduría sexual. Para ello -y para todo lo que da miedo- lo primero sería etiquetar a las personas, luego echar algunas etiquetas al fuego, y si con la etiqueta va la persona, mejor.
Carlos Larraín vive con la misma señora desde hace siglos, tiene muchos hijos, y quizás haya bailado poco el mambo. Podríamos suponer que su conocimiento de la ternura o del erotismo es monocromático, para decirlo de algún modo. Sería fácil etiquetarlo de ganso, de nerd, en fin, etiquetas hay muchas, y luego soltar en la tele que esa gente nerd es como la que se va a la cama con perros, o como la que no se va a la cama con nadie o con casi nadie, tipo cura.
En realidad, a muchos de este país, a casi todos, nos da lo mismo lo que hagan ese señor y muchos otros con su cuerpo en sus casas, mientras no le causen daño a nadie. Si alguien quiere irse a la cama con un libro no es necesariamente un librófilo ni un practicante del sexo líbrico, sino simplemente uno que esa noche prefiere leer un poco antes de dormirse, y tiene todo el derecho. Como lo tienen también aquellas muchachas que anhelan abrazar a una igual, o sea a otra hembrita, incluso si se acostumbran y se deciden a formar una pareja de dos almas y cuatro tetas: bienvenido sea el enjambre. Lo demás es envidia.
Son mentes castradas las que ponen trabas a la libertad personal con diversos pretextos, convirtiendo lo corporal en algo detestable, que en un tiempo, hace años, fue el vicio de los masturbadores, después fue el perverso sexo prematrimonial, luego el aborto asesino (o el derecho de una menor violada por una pandilla a tener o no a ese hijo), y ahora las acusaciones de bestialismo o pedofilia que nos trae Larraín para asimilar a ello cualquier cosa que le haga fruncir no digamos qué.
En fin, que cada cual encuentre sensatamente la ternura y la pasión que merece, sin hacer daño a nadie, como es lo lógico en una sociedad civilizada. Entre los que más daño causan se cuentan los inquisidores resecos como Larraín. Puaj.


