Habla Claudio Báez, el instructor de karate que sobrevivió a cinco balazos en Calera de Tango
Yo crecí haciendo karate, crecí bajo el código de un guerrero.Y si llega el momento, quiero morir como un samurái, dice.
Es imposible adivinar ni por asomo que la persona que espera con una sonrisa tranquila y sincera en la entrada del restaurante Kuchen Haus en Calera de Tango recibió cinco impactos de bala que lo tuvieron a minutos de la muerte.
Tampoco es posible deducir que buena parte de su mandíbula es un amasijo de titanio y tornillos, que su pierna derecha, de la rodilla hacia abajo, se la reconstruyeron casi completa con partes prestadas de la pierna izquierda, y que en su mente se alojan galvanizadas para siempre imágenes horrendas que a cualquiera hundirían en un abismo sin retorno, pero no a Claudio Báez.
A las 19 horas del jueves 24 de abril del año pasado, Báez, un ex campeón panamericano de karate y que hoy ronda los 57 años, daba clases de artes marciales a un grupo de niños en el Gimnasio Polideportivo de Calera de Tango. De pronto irrumpió un sujeto que hasta el día de hoy nadie sabe dónde está ni por qué hizo lo que hizo. Sin decir palabra alguna, sacó una pistola y le descerrajó cinco tiros al profesor.
Con la voz algo trabada, como un extranjero que intenta hacerse entender en un idioma que no domina del todo, Báez cuenta cómo sobrevivió a partir de ese instante infernal.
«Todo fue extremadamente rápido. Yo estaba de espaldas. Siento algo en la puerta, me doy vuelta y me llegan los disparos. En un instante sentí que todo era un sueño. Caía al suelo y me dije esto es un sueño. Después vi la sangre y la gente que trataba de ayudarme y supe que todo era real.
«Nunca perdí el conocimiento, aunque hay algunos hechos que se trastocaron en mi mente con el antes y el después. Hasta ese minuto mi vida transcurría en un ambiente de relativa calma y orden. Y me gusta pensar que, siendo una persona que está lejos de sentirse perfecta, siento que soy un buen ser humano. Así que en ese momento nunca pensé que iba a morirme; siempre pensé ¿por qué? ¿Por qué me hicieron esto?
«Como no podía hablar, ya que una bala había destruido mi mandíbula y la lengua, en la ambulancia me formulé esa pregunta varias veces. En esa ambulancia iba Pedro, un discípulo adulto, y él, de alguna manera, interpretaba lo que yo quería decir. Y él tuvo palabras muy sabias. Me dijo Profesor, usted es una persona buena. No se pregunte el por qué.
«En la ambulancia iba también Marisel, otra alumna adulta. Todo esto con la sirena y la ambulancia moviéndose a toda velocidad para salvarme mi vida. Marisel me dijo Profe, no te mueras. Tú nos enseñaste a ser fuertes, resiste. Tú nos enseñaste: ¡Resiste! Poco después perdí la conciencia, se apagó la luz.
«Estuve tres semanas inconsciente. Al principio fue difícil porque tuve mucha alucinación, mucha cosa que no era real. Soñaba con leones, con fieras, mucha angustia y miedo. Una lucha por la sobrevivencia en una especie de selva.
En un momento yo estaba amarrado de pies y manos en la cama y veía insectos que caían sobre mí. En un instante de desesperación me saqué todos los tubos y me senté. Quería irme. No sabía lo destruido que estaba mi cuerpo. Estaba en una realidad paralela que no podía controlar.
«Al principio no podía hablar. Una bala prácticamente me arrancó la lengua de raíz. Tampoco podía moverme. Había perdido 16 kilos. Estaba muy débil. Hasta que en algún momento pude empezar a balbucear y me trasladaron a una zona intermedia. Estaba con mi señora, siempre estuvo conmigo. Cierta vez le dije ¿Será el momento ya de renunciar a todo esto? Renunciar a la vida que siempre he llevado, a la competencia, a todo. Y ella me mira muy profundamente. Recuerdo sus ojos azules mirándome con mucha intensidad. Me dice Ahora es el momento en que debes ser más fuerte. Hay mucha gente que te sigue, muchos niños. Tú debes ser el ejemplo para ellos. Levántate. Yo creo que en ese momento se produce un punto de inflexión en mi vida.
«Ahí yo me dije debo volver. Debo ganarle a todos los pronósticos negativos. Me dijeron que no iba a caminar sin muletas, que no podría volver a manejar, que no podría volver a hablar, pero dije debo volver. No caminando bien, no hablando bien, no levantando mi brazo, que no lo puedo hacer, voy a volver. Como dijo mi mujer, voy a ser el ejemplo. Con resiliencia. Sin quejarme. Como siempre lo enseñé a mis alumnos. Desde ese momento la lucha fue constante. Y el amor fue la clave. Esa fuerza invisible me hizo salir adelante.
«Una persona en un momento me dijo Profesor, usted tiene que volver despacio, de a poco. Le dije, yo camino con la frente en alto. Yo no he hecho nada, yo soy una víctima de este cuento. Yo voy a caminar sin esconderme. ¿Pero no siente temor? No siento temor. Si me van a disparar de nuevo, que así sea, pero no voy a vivir con temor. Yo no me voy a esconder. Si yo sintiese temor estaría faltando a todo lo que creo. No he hecho nada. Y así ha sido hasta el día de hoy. Jamás dejé de salir.
«Tanto así que el día 22 de septiembre del año pasado me dieron el alta médica y el 23 en la mañana me fui al Panamericano de Colombia a rendir examen para subir de categoría (para ser séptimo dan). Mi cuerpo no era el mismo, mas yo dije, voy a hacer lo que pueda hacer con todo lo que tengo. Jamás he sentido pena por mí, por el cuerpo que tengo ahora. De diez personas que dimos el examen, aprobamos cuatro. Mi vida cambió desde ese minuto.
«Yo crecí haciendo karate, crecí bajo el código de un guerrero. Y si llega el momento, quiero morir como un samurái».
«En un instante sentí que todo era un sueño»,
«Y el amor fue la clave. Esa fuerza invisible me hizo salir adelante», Claudio Báez


