Ojalá la crisis fuera sólo deportiva, un asunto de cambiar técnicos, echar dirigentes. Pero no. También se fue la ley. También se fue Dios. Por eso el problema es más profundo: una gangrena que corroe la legalidad, la ética y el amor al juego.
El estadio vacío es una herida. Las butacas frías, la bandera olvidada que flamea en un rincón, el eco que sube desde las galerías como un lamento ancestral. En esos silencios se oye con más claridad la palabra que nadie quiere pronunciar: crisis.
No la crisis de un mal partido o de un entrenador que se equivoca. Una crisis más vieja, más profunda, más turbia. Implacable. El fútbol chileno, como un cuerpo que perdió la fiebre y se abandonó al sopor, lleva una década buscando fórmulas urgentes, diagnósticos mal hechos y parches que sólo agrandan la herida. Remedios de feria. El fútbol chileno creyó que el inicio de la búsqueda era ya la salida, pero en cada intento cavó un pozo más profundo.
La tercera eliminación consecutiva de un Mundial para la Roja no es un accidente ni un final: es apenas un espejo que refleja la enfermedad.
El hincha mira en lo inmediato. El penal que no fue. El cambio mal hecho. La pelota que no quiso entrar: una metáfora absurda que a veces alcanza para todo. Eso es parte del juego: para que alguien gane otro tiene que perder. Pero el verdadero derrumbe está en el subsuelo, donde no llegan los ojos de la gradería ni las cámaras de la televisión. En los cimientos carcomidos por el abandono, la negligencia y la trampa.
El sociólogo Axel Callís lo dijo en dos palabras: equilibrio vicioso. Una maquinaria perfecta en su perversión. Un engranaje en el que todos los que deberían cuidar el fútbol encuentran la forma de hacer negocio mientras el conjunto se arruina. Las partes ganan. El todo pierde. En ese todo están el público, el país, el fútbol como producto cultural, como fiesta, como memoria.
Los dueños de los clubes se conforman con los ingresos de la televisión y las casas de apuestas. La televisión con sus abonados, a los que prácticamente concibe como prisioneros. Los representantes con los contratos de sus jugadores, aunque en realidad lo único que les importa son las cláusulas. Las casas de apuestas con la adicción de sus clientes. Las barras con un sistema que les concede un poder paralelo sobre el estadio y la calle. Cada uno de ellos, en su rincón, se alimenta. Ninguno piensa en el fútbol.
No es raro que cada quien se concentre en lo que lo estimula: dinero, poder, influencia. Lo extraño sería lo contrario. Lo específico de Chile es que no hay amor por el juego. Como si la contabilidad hubiera borrado la posibilidad del triunfo. Como si la fiesta del fútbol resultara un peso muerto para quienes deberían sostenerla.
La nostalgia también puede ser un pecado, pero se extraña ese amor que alguna vez enderezó el rumbo cuando la nave parecía hundirse. Nombres que vuelven como fantasmas: David Arellano, Carlos Dittborn, Fernando Riera, Luis Álamos, Marcelo Bielsa. Cuando apareció la pasión por el juego la fiesta del fútbol volvió. Hoy esa pasión falta.
Lo que sobra es lo otro: la trampa, la sombra, el enjuague. La propiedad de los clubes se contamina con maniobras ilegales. Se oculta la multipropiedad, se blanquea la presencia de representantes, y engordan con la plata fácil de las casas de apuestas en línea, prohibidas en Chile por la Corte Suprema. Los representantes se venden a sí mismos, convierten clubes centenarios en vitrinas de mercancía, futbolistas en ganado. En ese sistema se ahoga la cantera: ¿para qué formar jugadores durante años si un intermediario tiene un corral lleno de promesas que se transan sin importar de dónde vengan?
La Corte Suprema también multó hace poco al Canal del Fútbol y a su heredero legal con 32 millones de dólares por abuso de posición dominante. Una cifra monumental que apenas insinúa la magnitud del problema. Movidas rancias disfrazadas de normalidad.
Y están las barras. Siempre las barras. Con el miedo hecho negocio. Colo Colo y Universidad de Chile enfrentan castigos históricos de la Conmebol. La Roja multada por cánticos discriminatorios, ya parece chiste. Hasta en los equipos chicos hay apriete de jugadores y dirigentes. Defender un trapo o robarlo vale más que la vida de un ser humano. El lienzo como bandera de guerra, la violencia como moneda, la vida como saldo menor. Y ahí, en esas rendijas, entra el narco y se adueña del bombo, de la galería y de la calle. El secuestro de la pasión.
Ese es el mapa, con más abogados mañosos y menos entrenadores confiables. El fútbol chileno como un carnaval de máscaras rotas. Como una fiesta donde ya no hay música, sólo cuentas por pagar o, peor aún, ajustes de cuentas. Ojalá la crisis fuera sólo deportiva, un asunto de cambiar técnicos, echar dirigentes. Pero no. También se fue la ley. También se fue Dios. Por eso el problema es más profundo: una gangrena que corroe la legalidad, la ética y el amor al juego. El fondo, ese que todos creen haber tocado, todavía espera.


