El 28 de agosto del 2008, el servicio de informaciones Bloomberg envió a sus clientes un artículo que «sugería» la muerte de Steve Jobs. El reporte carecía de datos esenciales, como la edad del difunto y la causa del deceso: en su lugar había espacios en blanco que hacían sospechar de su veracidad.
En efecto, algún despistado había despachado sin querer el obituario modelo del director ejecutivo de Apple, lo que desencadenó que docenas de periódicos digitales y blogs difundieran la noticia errada.
Por cierto, la posibilidad de que Jobs hubiese muerto tampoco era tan remota. A mediados del 2004, él mismo anunció a sus empleados que padecía un cáncer pancreático de un tipo menos maligno que el habitual. El tumor le fue removido con éxito, aunque las secuelas lo obligaron a someterse el 2009 a un trasplante de hígado y a permanecer cinco meses en reposo.
El panegírico de Bloomberg partía exaltando la principal contribución del «finado» a la historia contemporánea: «Steve Jobs, quien logró que los computadores fueran tan sencillos de usar como los teléfonos.». El genio de Steve -tal vez el gran gurú informático del planeta- ha cambiado durante las últimas tres décadas la forma en que el hombre se relaciona con los seres animados e inanimados. Buena parte de lo que hoy entendemos por «computación personal» se lo debemos a él; sus seguidores le profesan una admiración vecina a la idolatría.
El enigma Jobs
Esta semana, en una de sus esporádicas apariciones públicas, Jobs presentó el iPad, nuevo chiche de Apple. Vestido con su uniforme de siempre -bluyines Levi's, zapatillas New Balance 991 y un discreto beatle negro St. Croix- paralizó a la comunidad computina del globo. Muy relajado, detalló ante un auditorio absorto las maravillas del juguetito, una especie de iPhone grandote que podría servir de monitor portátil, libro digital o quizás qué. Las batallas campales sobre su real utilidad tienen la red en llamas, pero de que el fabricante logró su objetivo no hay duda.
En Twitter, por ejemplo, se contabilizaron tres mil mensajes por minuto sobre el iPad y durante un par de horas nueve de los diez temas más citados tenían relación con el asunto. «Que una compañía lance un nuevo producto no es un asunto de importancia planetaria. No lo es, no puede serlo», reclamó Terry D., uno de los millones de usuarios del sitio.
Pese a las protestas, lo que haga o deshaga Steve Jobs define tendencias globales. En noviembre pasado, la prestigiosa revista económica «Fortune» lo rotuló como «El Gerente de la Década». Sus fans -devotos consumidores de cada sofisticada novedad que Apple saca al mercado- se cuentan por millones y están dispuestos a gastar bastante para adquirir lo que está en boca de todos.
La historia del triunfo del flacuchento nerd nacido hace 54 años en San Francisco ha llenado cientos de páginas de biografías no autorizadas. Dado su carácter parco, poco es lo que se conoce realmente sobre su intimidad; sí se sabe que es adoptado, que desde muy joven se sintió atraído por las computadoras y que gracias a cursos nocturnos que tomó en Hewlett Packard se convirtió en técnico informático autodidacta.
Sus estudios universitarios formales se redujeron a un semestre en un «college» de Portland, donde sólo siguió con entusiasmo un curso de caligrafía. Ya entonces pensaba en el desarrollo de computadoras que pudieran ser usadas por cualquier novato: aprendiendo sobre los tipos de letras comenzó a imaginarse cómo sería un procesador de texto digital. En 1974 viajó a India para vivir meses de retiro espiritual; allá se rapó la cabeza, vistió túnicas inmundas, se hizo budista y consumió drogas por kilos. «Probar LSD fue una de las dos o tres cosas más importantes que he hecho en mi vida», le confesó alguna vez al «New York Times».
Con la mente llena de ideas, de regreso a Estados Unidos consiguió empleo en Atari, donde casi sin proponérselo ayudó a reducir a niveles impensados el tamaño de los chips de las consolas. En 1976 juntó tres chauchas y fundó Apple junto a su amigote Steve Wozniak, un hacker que pronto diseñaría el «Apple 1», artefacto enchapado en madera que pese a su terrible aspecto superaba con largueza las potencialidades de cualquier computador existente en el mercado.En cosa de años, a punta de prueba y error, la empresa se entronó como un gigante que daba empleo a miles de personas y sorprendía cada temporada con máquinas más poderosas para la oficina y el hogar. Clave en el furor de Apple fue el lanzamiento en 1984 del «Macintosh 128k», aparato que le cambiaría el significado a varias palabras como ratón, escritorio o ícono. Pese a los cambios culturales que promovería, el producto no generó retornos rápidos. Uno de los damnificados fue el propio Jobs, quien en 1985 se vio obligado a renunciar a la compañía que había fundado. «El egomaníaco más grande de Silicon Valley queda cesante», publicó»Fortune», citando testimonios de subordinados que lo definían como un sujeto temperamental, individualista, vanidoso e ignorante de las elementales normas del Manual de Carreño.
Steve, sin embargo, no dejó que el fracaso lo amilanara. Al año siguiente compró»The Graphics Group», productora de animación digital que sería conocida como Pixar (y que asociada con Disney, crearía algunos de los filmes más rentables de la historia, como «Toy Story» y «Up»). En paralelo fundó NeXT, empresa que desarrollaría las avanzadas estaciones de trabajo y servidores. En un lustro -mientras Apple perdía el norte- rehízo su existencia: en 1991, luego de una vida de tenorio, se casó en una ceremonia budista con su antigua alumna Laurene Powell.
Un dólar al año
Cuando a mediados de los noventa, Apple supo que su política comercial la llevaría al despeñadero, gastó un dineral en comprar NeXT; como parte del trato Jobs retornó en gloria y majestad a su antiguo cargo. Tras una serie de crueles recortes de personal -se dice que ciertos empleados fueron despedidos en el ascensor por el propio Steve- la compañía retomó los números azules y volvió a anticiparse a los vaivenes del mercado.
Famoso es que el presidente de Apple recibe un sueldo simbólico de un dólar al año; puede ganar -o perder- fortunas mensuales según las oscilaciones accionarias. Sumando y restando, le ha ido bien: su patrimonio se eleva a poco más de 5 mil millones de dólares. Entre sus bienes se cuenta una mansión de 14 habitaciones en California donde reside junto a su esposa y sus tres hijos, además de un jet privado siempre listo para llevarlo a los mejores hospitales de Norteamérica.
«Tenía cerca de un millón de dólares cuando cumplí 23; más de cien millones a los 25 y nunca me importó, pues esto jamás se ha tratado de dinero: se trata de qué es lo que obtienes de la gente a quien lideras», afirmaba en 1996 tras regresar a Apple. Luego vinieron el iMac y sus transparencias, el iPod, el iPhone, el MacBook Air y -quizás lo más importante- la consagración del computador como un tarro amable y tanto o más interesante que el televisor. Esa ha sido su pega en la vida.
Los grandes fiascos de Apple
Durante los noventa Apple las vio verdes. El exceso de entusiasmo de una dinastía habituada a marcar tendencias llevó a desarrollar bodrios que ocupan un sitial en la sempiterna galería de fiascos informáticos.
Apple Newton
Lanzada en 1993, en esta prehistórica agenda electrónica se podían escribir mensajes y guardar datos, pero su exagerado tamaño y ridículo precio (más de mil dólares la unidad) la condenaron.
Macintosh TV
Este híbrido entre computador y TV de 14 pulgadas -aparte de feo- ofrecía pobre calidad de imagen. Diez mil incautos compraron el adefesio en 1993 y aún lo lamentan.
Apple Pippin
Apple quiso competir en 1996 contra PlayStation y Nintendo en el mercado de las consolas de videojuegos;pero se olvidó de crear buenos juegos. Apenas se vendieron 42 mil unidades antes de ser descontinuada.
Apple Puck Mouse
Muy coqueto, el ratón redondo del computador iMac G3 tenía un problemilla ergonómico serio: tras algunas horas el usuario quedaba con las manos hechas polvo. Lanzado en 1998, fue fustigado incluso por asociaciones médicas.


