Sucede que algunos carabineros torturan, que otros falsean pruebas, que otros mienten. Sucede que son humanos, que muchos de ellos estudian rápido y que otros se cansan de ser buenos. Sucede que mucha gente de corbata, que muchas autoridades, que muchos periodistas quieren a toda costa resultados, presos en la cárcel, seguridad, mucha seguridad, encuestas y estudios que lanzarse a la cara, sin preocuparse de cómo ni de cuándo se cometen los arrestos, los decomisos, las redadas que alientan como el dueño de pitbull a sus perros.
Sucede que hemos querido convertir a los carabineros en el filtro que nos separa de la realidad: los borrachos, los ladrones, las mujeres golpeadas, las ancianas encerradas en gallineros.
Sucede que algunos políticos y ministros nos han prometido una lucha frontal y sin cuartel contra la delincuencia. Sucede que hemos convertido a los carabineros en soldados de una guerra contra los otros chilenos, los que se visten distinto, los que viven en otros barrios, los que no se llaman como uno.
Sucede que los soldados en la guerra empujan, se burlan, matan, se ríen. Sucede que en la guerra todo eso se olvida.
Sucede sin embargo, que a pesar de que algunos andan siempre de camuflaje, ésta no es una guerra. Porque sucede que es ilegal golpear a los ciudadanos en tiempo de paz.
Sucede que algunos canales de televisión han convertido los arrestos y allanamientos en espectáculos de alto rating. Sucede que algunos de estos carabineros se creen estrellas de televisión incluso en el fondo mismo de sus cuarteles. Sucede que como en cualquier espacio de farándula, la verdad empieza a contar poco, frente al espectáculo. Sucede que la televisión juzga lo mismo que ha alabado o pasado por alto tantas veces. Sucede que quizás el general Bernales no era un santo, como lo dijo la tele. Sucede que el 133 no es sólo un programa de televisión y que «Policías en acción» en la vida real no termina siempre bien.
Sucede que quienes tienen contacto día a día con el crimen no son siempre impermeables a él. Sucede que la triste confianza ciega hacia a la policía, está a punto de convertirse en una desconfianza igualmente ciega e irracional. Sucede que los dos estados extremos y repentinos, son otro síntoma más de la profunda esquizofrenia de nuestra sociedad.
Sucede que la triste confianza ciega hacía a la policía, está a punto de convertirse cn una desconfianza igualmente ciega e irracional.


