Se ha notado demasiado que en Mega hay preferencias por Vivi Kreutzberger.
No es que la película «¿Quieres ser John Malkovich?» me hubiera marcado demasiado, pero si yo estuviera en los zapatos de Luis Alberto Jara Cantillana, además de no cachar una en un ascensor lleno de gringos, me sentiría bastante incómodo en mi pega en estos mismos momentos.
Hagamos el ejercicio. Me integro a Mega en marzo del 2009 y todo este tiempo he esperado un estelar a mi medida. Eso de «Mucho Lucho» sin duda fue una inyección de ego que me dio Canal 13. La gracia de un programa unipersonal, además del detallazo de llevar el nombre de uno, es que no lo podría conducir nadie más. No se compara con «Elígeme», donde las hago de Cupido, como si estuviera empezando en esto de la tele (con suerte no me pusieron una peluca rulienta, una túnica corta y unas alitas). Para colmo, agarro menos que malabarista con Parkinson.
Trabajo como loco en «Morandé con Compañía», bandejeando a todos los giles que se ríen de mi acento british de avenida Matta, de mi nariz, del hoyo de mi pera, de mi compulsión por el pan con mantequilla y de cuanta cosa se les ocurra. Pero aguanto porque pienso que «ya llegará mi oportunidad, ese estelar que me prometieron».
Porque «Un golpe de Lucho» nunca me terminó de convencer y creo que se notó en pantalla. También cómo se me ocurre preguntarle a Coté López qué hacía en Inglaterra si su marido estaba jugando en ese país. Bien merecida me tenía su «¡la pregunta h…!».
Pero nada de esto me importaría demasiado si no fuera porque este año llega mi amiga Vivi Kreutzberger desde mi mismo ex canal y no pasa ni un año y ya le están dando un estelar hecho con, por y para ella («Gigantes con Vivi»). Y eso que acá no trabaja su papi.
Si al menos me invitara para cantar en televisión de nuevo. Tengo que esperar las Teletones para hacerlo (y si es que no me enchufan por delante a un Pedro Fernández o a un Diego Torres). ¿Por qué todo me cuesta tanto a mí?


