Los gritos del Pastor Rocha fueron su pecado capital.
De niño iba a misa, con mis padres. No entendía mucho de qué iba todo eso. Con decirle que cuando el cura hablaba de «el sacrificio de la misa» pensaba que se trataba del hecho mismo de asistir a ese servicio religioso y, según mi perspectiva infantil, perder miserablemente una hora de mi vida haciendo ingentes esfuerzos para no dormirme.
Algo muy parecido me pasó anoche con el Pastor Rocha. Mis sentidos se fueron embotando conforme avanzaba su performance. No era por la voz aletargada y monótona del sacerdote de mi niñez, sino por el permanente gritoneo del comediante que se había subido al escenario de la Quinta Vergara.
Que no se me malentienda. Rescato muchos aspectos de su presentación. Para empezar, la originalidad de su personaje. Luego la manera en que fue incorporando a su rutina, hasta último minuto, detalles de contingencia festivalera. El mejor, cuando dijo «¿A cuántos genios no han tratado de silenciar en esta vida?» y entre los ejemplos mencionó a… Asskha Sumathra. Hasta el potente mensaje que se despachó una vez recibidas las dos gaviotas de rigor, una fuerte crítica a ciertas retrógradas visiones de algunas iglesias.
El único reparo y que ni siquiera es 100% culpa suya, tiene que ver con los formatos y los conceptos. Varios de los cometidos de los comediantes de esta versión del Festival de Viña no calzaron con el esquema ideal para sus libretos.
Lo de Kramer era para un café concert, más íntimo. Lo de Asskha, para un bar. Lo de Rocha (Santiago Endara, su nombre real), para una serie de reels cortos, que uno puede disfrutar cuando se hace el tiempo para ello.
No basta que una prédica sea hilarante y vociferante para mantener atenta y alerta a la feligresía (público presente y teleaudiencia en este caso). También puede llegar a saturar.


