Tino, Tino, Tino

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Una guagua de meses es levantada al cielo como el pequeño Simba en el Rey León. ¿Quiénes son? Hinchas chilenos de un equipo de fútbol chileno que dejan una hermosa imagen en un país vecino.

Cincuenta hinchas de Palestino celebran el triunfo de su equipo en el estadio Defensores del Chaco, el tercero en línea en la Copa Libertadores, el segundo de visita. Casi la mitad son mujeres. La transmisión oficial del partido se queda con ellos un par de segundos en los goles de Velociraptor Carrasco y el Tanque Sosa. Una guagua de meses es levantada al cielo como el pequeño Simba en el «Rey León». ¿Quiénes son? Hinchas chilenos de un equipo de fútbol chileno que dejan una hermosa imagen en un país vecino. No es el triunfo de los suyos lo que hace la diferencia, sino la sana alegría de compartir un puñado de emociones durante 90 minutos. Son pocos, pero quieren lo mismo. Hay que aprender de los que tienen menos.

Es el Palestino de Vitamina Sánchez. Un entusiasmo discreto lo precede: un buen elenco que adelantó al resto sin hacer ruido, despacito por las piedras. Humilde, dijo Carrasco después del 2-0 en Asunción a Nacional de Paraguay. Puede que tenga razón, si hablamos del camarín y los titulares de prensa, pero no es precisamente humilde un equipo que hace lo que Palestino hizo con sus rivales en la Libertadores. Hay confianza en los medios, optimismo sobre los resultados: para eso entrena el que sabe lo que necesita para llegar al área rival. No es la Champions, no hace falta ni decirlo pero sirve de parche antes de la herida: los equipos como este Palestino se disfrutan hasta que se les acaba el último cartucho.

Es fútbol. Un par de giros de Fernando Cornejo para limpiar la salida en campo propio y encontrar tres metros por delante a Joe Abrigo, el pase de este hacia Dylan Zúñiga a la izquierda y el cambio de frente para que Iván Román se adelante por la derecha. Román tiene 17 años, pero se come la cancha como un avezado, ya con los ojos y la fe encima de Velociraptor Carrasco. Hay apodos en el fútbol que se prestan para todo. El de Carrasco, por ejemplo, se lo debe a la manera en que festeja sus goles. Con el balón, sin embargo, también es un descuidista: su pared con Benjamín Rojas desfonda la defensa de los paraguayos y cuando recibe de vuelta ya está dentro del área con la presa servida. Golazo de Palestino.

Es fútbol. Un pase de Iván Román a Cristián Suárez y otro a Dylan Zúñiga para abrir la cancha, un caracoleo del lateral izquierdo y luego su desahogo en Pablo Palacio para ir a buscarla de nuevo y encontrar libre a Fernando Cornejo varios metros por delante. El avance de Gonzalo Sosa con un par de marcadores a la rastra, otro descanso en Palacio para resetear los espacios y su habilitación a Zúñiga para que entre como si estuviera jugando solo. Centro atrás y definición del Tanque Sosa a la altura del punto penal. Todo eso se entrena, sobre todo los apoyos como el de Palacio: si él no estuviera ahí el que lleva el balón se nubla y choca contra de cabeza contra un muro. Golazo de Palestino.

Un viejo periodista me explicó una vez que las alegrías del fútbol son iguales en todas partes y que no importa cuánto duren, incluso si sólo sirven para irse esa noche con una sonrisa a la cama. Incluso si apenas cincuenta almas tienen derecho a recordarse ahí gritando «viva Palestino, Tino, Tino, Tino».

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