Nunca he conocido a alguien que haya pedido pololeo, ni cuando chico ni cuando mayor, pero sí he sabido de multitudes que han vivido la angustia de ese momento que nunca llega, que no pasa jamás las fronteras de su inminencia.
En el último capítulo de Los 80 , los niños Félix y Bruno tuvieron un conato de enemistad por culpa de una niña bonita, en cuyo cumpleaños ambos deseaban pedirle pololeo; como no se ponían de acuerdo en quién lo haría primero, decidieron sortearlo al cachipún, causando con ello una demora fatal: un tercer niño entró literalmente al baile y, con la cumpleañera tomada del talle al compás de un «lento», dejó a los contrincantes fuera de combate.
Como se ha hecho habitual en esa serie, la escena se corresponde con vivencias de grandes masas de gente: en este caso, el trance de la petición de pololeo en un cumpleaños diurno e inocente, una ocasión que se muestra propicia pero que, como medio mundo habrá podido constatar en su propia vida, era siempre un mero espejismo. El éxito de la serie se basa en esos pequeños tirones y codazos a la memoria común, que se impone por sobre cualquier arranque de originalidad autoral o narrativa. Para la misma situación, de hecho, el guionista, acaso arriesgando una pérdida de audiencia, pudo haber dispuesto algo distinto, más original o más real o más extraordinario, qué sé yo: que la cumpleañera se hubiera amurrado y los hubiera expulsado a todos, por ejemplo, o que los amigos, siguiéndole la corriente a los ánimos de la época, se hubieran trenzado en una pelea fratricida: que Brunito, en lugar de aceptar aquella absurda lid de cachipún, y totalmente empapado por los licores de la ira, le hubiera reventado una botella de Fanta a su amigo Félix en la cabeza, produciéndole la muerte en el acto y hundiéndose en una depresión de la que sólo podría salir mediante el suicidio.
De todos modos, es curioso que a todo el mundo le resulte familiar la petición de pololeo en el cumpleaños de la niña elegida. Siempre he creído que ese asunto no es otra cosa que un mito. Yo por lo menos nunca he conocido a alguien que haya pedido pololeo, ni cuando chico ni cuando mayor, pero sí he sabido de multitudes que han vivido la angustia de ese momento que nunca llega, que no pasa jamás las fronteras de su inminencia. Tal vez en mi vida me he rodeado de puros antisociales, pero no creo. La ceremonia de pedir pololeo me parecía sólo una idea preconcebida, que no guardaba relación con la realidad, porque hasta el más idiota de los niños, llegado el caso de que se atreviera a palabrearse a una niña, debía de tener un asomo de estilo y lograr comunicarse en un lenguaje propio.
Recuerdo haber planeado durante meses una de esas peticiones de pololeo, a los once o doce años, para luego ver cómo se pasaba el tren de las oportunidades en mis narices. Tal vez, si la infancia no hubiera estado llena de esos presuntos protocolos inexpresables, el diálogo amoroso habría sido pan comido, o por lo menos algo natural y fácil de aprender. Demasiado tarde uno viene a aprender que el amor es una especie de lenguaje de señas.


