Última república socialista soviética tiene presidente con nombre de vodka
Un activista transnistrio explica desde allá que su gente no está dispuesta a ceder en la libertad ganada.
En horario de trasnoche Televisión Nacional transmitió hace un par de años una serie donde lo único recordable entre quienes la vieron eran sus guapas mujeres. «Matrioshki» contaba la terrible historia de una decena de angelicales rusas, lituanas y ucranianas que eran llevadas a Bélgica para prostituirse. Una de esas chicas era de un lugar que se recuerda menos que la serie: Transnistria.Esta semana se desarrollaron elecciones parlamentarias en Moldavia, país cuyo principal dolor de cabeza es precisamente Transnistria, empobrecida región dentro de un empobrecido país ubicado en un recóndito lugar de Europa del Este donde todavía les sacan lustre a las estatuas de Lenin y pintan carteles con la hoz y el martillo en los edificios. No viven allá más de 600 mil personas.
Transnistria (capital: Tiráspol), es una región rebelde moldava, autoproclamada en 1990 como la irrecordable República Socialista Soviética Moldava de Transnistria. No se jacte de ser un hombre de mundo antes de conocerla.
En 1989 la caída del Muro de Berlín produjo grandes fisuras en la Unión Soviética, que terminaron dos años más tarde con su disolución definitiva. O casi, porque una porción de eslavos asentados en la frontera entre Ucrania y Moldavia, junto al río Dniéster, lucharon en una corta y cruenta guerra civil para seguir manteniendo el statu quo, pero de manera bien sui géneris.
Igor Smirnov, un antiguo funcionario soviético con nombre de vodka, se autoproclamó presidente de la naciente Transnistria y desde 1990 ha resultado siempre electo. Durante su periodo la república de fantasía ha mantenido la iconografía y arquitectura comunista convirtiéndose prácticamente en un museo a cielo abierto de la antigua Unión Soviética. Tienen además moneda propia, el rublo de Transnistria, sellos postales e instituciones como las de antaño.
Todo para la foto, porque dicen tener una economía de mercado, como explicó a LUN el activista pro independentista Roman Konoplev. «La gente acá no está dispuesta a retroceder en la libertad ganada. Para nosotros el escenario ideal sería la unión con Rusia», afirma sobre el único país que por hinchar nomás tiene un consulado que no reconoce nadie, en Tiraspol, la capital. Y que hace cuatro años otorgó pasaportes rusos a «ciudadanos» de esa etnia en la república autoproclamada.
La vida en Transnistria es bastante desconocida. Distintos artículos de prensa internacional hablan de una economía sustentada en la industria pesada, sin especificar mucho de qué se trata. Con un parco «no es verdad» Konoplev responde el pelambre sobre tráfico de armas como fuente de entradas.
Como el país no es reconocido por ningún estado, salvo algunas repúblicas separatistas rusas, entrar es toda una odisea, ya que no hay pasos fronterizos establecidos ni embajadas. Hay que ser pillo. Diego González es un motorista español que cuenta en un artículo publicado en el sitio WordPress cómo logró ingresar a un país donde todo lo legal es de mentira.
Explica que un oficial fronterizo transnistrio, con gorrito y atuendo soviético, en el límite con Moldavia, le pidió»colaborar con la causa. Diez euros de soborno y me dejó entrar en la frontera sin visado». Al rato Diego se dio cuenta de que era un engaño, porque las visas las daban en otra oficina.


