Durante la semana pasada estuvo a punto de arder una polémica literaria, pero, quizás por reverencia al Viernes Santo, se desinfló sin ningún brillo. El escritor Carlos Labbé, entrevistado en La Tercera a propósito de la llegada a Chile de su novela Locuela , disparó unas cuñas envenenadas sobre ciertos «escritores flojos», que sólo quieren contar historias y entretener, que andan perdidos queriendo «ser escritores gringos» (mencionó a tres especímenes), que les entregan todos sus «vómitos» a sus editores, que muy difícilmente conseguirán un estilo, etcétera, y remató con un juicio provocador: «Estoy en contra de la claridad». El periodista Andrés Gómez le contestó en una columna: «Hay que pensar en el lector». Es decir, no hay que estar en contra de la claridad. Hay que ser legible. Para qué fregarle la paciencia al lector.
Sobre ese asunto de la claridad hay mucho paño que cortar. De partida, la claridad, al menos en literatura, es algo muy poco claro. Desde un punto de vista estilístico, de fluidez de la redacción, de limpieza, Kafka es clarísimo: hasta un niño de diez años puede leerlo sin tropiezos. Kafka, diría Gómez, pensaba en el lector al escribir. Ahora bien, bajo esa misma manera de entender la claridad, Hernán Rivera Letelier vendría siendo un ejemplo de oscuridad, de alambicamientos truchos y adjetivación frondosa.
Me parece que Labbé se refiere más bien a la explicitud, a la obviedad, a la excesiva transparencia. Bajo esa mirada, Kafka es una boca de lobo, mientras que Rivera Letelier es la claridad encarnada. Hay libros que parecen escritos en Hollywood: escena por escena, cuadro por cuadro, el lector hojea y come cabritas mientras se deja impresionar o latear. Son libros que no salen de su reducto y que no pueden ser leídos más que por encima, porque tienen sólo dos dimensiones: largo y ancho, sin espesor ni relieve. La historia que cuentan es la historia que cuentan: nada de entrelíneas ni subtextos ni puertas secretas.
Hay un poema de Joseph Brodsky que ilumina esta cuestión. Habla de un caballo negro que se acerca a una fogata, un caballo «tan negro que no podría haber otro más negro / tan negro como la medianoche / tan negro como un bosque delante de nosotros / tan negro como el interior de una aguja». Esa progresión de comparaciones es letal: desde lo más obvio hasta la condensación agudísima de significados.
No tiene mucho sentido tasar la literatura en términos de claridad u oscuridad si esas ideas son puramente formales. Hay libros que parecen una taza de leche, y lo son: nada en ellos es distinto de lo que parece. Pero hay otras claridades que ocultan laberintos abismantes. Lo mismo corre para los libros llamados oscuros: algunos son puro follaje para tapar que el autor no tiene nada que decir, pero otros quieren mover al lector, implicarlo en sus propios enredos mentales, en sus contradicciones, en sus defectos, y por eso son oscuros, como el interior de una aguja.


