Una buena risotada fortalece el corazón, facilita la digestión y, al hacer vibrar el hígado, mejora la eliminación de la bilis y estimula el bazo, además de disminuir la hipertensión.
Como es bien sabido, la risa se está convirtiendo a pasos agigantados en un fármaco indispensable y de precio harto razonable en muchas terapias que se aplican en hospitales pediátricos y de adultos mayores en el mundo entero. Para nadie es un misterio que un buen estado del ánimo genera un clima vital para el restablecimiento de la salud psíquica y física, tanto individual como colectiva. Leemos por ahí: «Una buena carcajada relaja los músculos, ensancha los pulmones porque permite llenarlos de oxígeno, consiguiendo un aumento de la circulación sanguínea y un efecto tranquilizante en el sistema nervioso».
Se afirma que un minuto de risa diario equivale a 45 minutos de relajación, entre otras virtudes, y que una buena risotada fortalece el corazón, facilita la digestión y, al hacer vibrar el hígado, mejora la eliminación de la bilis y estimula el bazo, además de disminuir la hipertensión. También hemos leído que, cuando uno se ríe, segrega más adrenalina, lo que potencia la creatividad y la imaginación.
Todo eso los chilenos lo hemos sabido, intuitivamente, desde siempre, y ha sido nuestra risa la que nos ha ayudado, miles de veces, a ponernos de pie tras un mal paso o una tragedia feroz como la vivida recién con el misterioso juego de las placas tectónicas.
El jueves 16 de agosto de 1906, Valparaíso se vino literalmente abajo, víctima de un terremoto de 7,9 grados en la escala de Richter, con un saldo de tres mil muertos, todo salpimentado, como si fuera poco, por saqueos y fusilamientos de saqueadores. Ese infierno, en el folclor popular, fue matizado por la narración de la peripatética historia de cierto Alamiro, dueño de un negocio de quincallería en el puerto. La anécdota, surgida el día mismo del sismo, se habría esparcido por todos los cerros y quebradas, generando la hilaridad general.
Dice el anecdotario que dicho comerciante tenía por costumbre dormir la siesta desnudo. El día del terremoto de marras se acostó como siempre a dormir su siesta nudista, hasta que el fuerte temblor lo obligó a levantarse de la cama para salir corriendo. Repentinamente, al descubrir que se hallaba como Dios lo trajo al mundo, el pudoroso quincallero habría agarrado al pasar un cuadro con una imagen sacra y cubierto con ella sus partes íntimas, sin percatarse de que, en el momento de tomar el cuadro, éste se rompió quedando sólo el marco. Así fue como corrió el buen señor por el medio de la avenida Argentina, enmarcadas sus partes pudendas sólo por cuatro apolilladas tablitas.
Entre el espectáculo dantesco, vio el comerciante a la multitud arrodillada pidiendo a gritos el auxilio divino. Según se cuenta, tratando de ayudar al fervor popular, Alamiro gritaba «¡calma!, ¡calma!» y, señalando el marco que llevaba por delante, decía: «¡Récenle a este santito! ¡Récenle a este santito!». Es un viejo cuento, surgido en un viejo terremoto; verdadero o imaginado, ayudó con la ingenua picardía de entonces a despejar el polvo y el miedo con una sonora, chilena y saludable carcajada.


