«Los siete espejos», una tremenda fotografía captada por el fotógrafo Sergio Larraín, ilustra la portada de este libro de Germán Marín, dando claros indicios del aire que dominará el conjunto de los relatos que lo componen: un trasfondo desenfocado y un primer plano cargado de nostalgia y fugacidad; un aire a trasnoche, brumoso, espeso, intimista.
Compases al amanecer contiene veinte textos que podrían denominarse cuentos, estampas, viñetas o fragmentos de una novela que parece camuflarse en el relato breve, en una aparente diversidad de historias que aluden permanentemente al tiempo y la memoria como único lugar valedero. Sin embargo, los hilos narrativos contraponen ese pasado con un presente marcado por la continua sensación de fracaso, de pérdida, de desgaste.
Marín parece haber elaborado una especie de novela descuartizada, rompiendo con la secuencialidad, pero siempre atado a un punto de vista, a un modo de percibir la existencia que unifica rabia y parsimonia; flirtea con la memoria a punta de escarbar en situaciones aparentemente triviales que contienen una propuesta filosófica desencantada; de ahí que la conciencia narrativa se mueva entre el recuerdo que idealiza y un ahora donde la redención se escapa.
Con un verseo tanguero a full, surgen los ex compañeros de curso, envejecidos, ridículos en el rescate fiestero, al igual que las bellas ex amantes convertidas en adefesios. Asistimos a la puesta en escena de cuadros sucesivos, en los cuales impera la traición amorosa, el exilio, la soledad, los trabajos miserables, la bohemia y el erotismo fetichizado. Todos los personajes, con la salvedad del homenaje a Enrique Lihn en el relato «A Gerardo de Pompier», son tratados de manera implacable por este narrador que también se mira a sí como una piltrafa, basureándose sin compasión alguna.
Resulta llamativa la figura de este personaje atormentado pero no enloquecido, encarcelado en su imaginación pero con la posibilidad de exponerse con descaro a través de la escritura. Así sucede en el relato «Me acuso», un texto breve, donde se exhibe una retahíla de pecados -en tono de confesión- ante el lector que reemplaza la figura divina, porque no hay Dios que perdone, pero sí la voluntad férrea de saldar cuentas a través de la propia escritura.
En los relatos «No hay mejor espejo que la tinta (I)» y «No hay mejor espejo que la tinta (II)», el narrador se cataloga como un «condenado a sobrevivirme» en un entorno literario donde la literatura, al igual que la vida, ya no está para finales felices; aun así se mantiene la convicción de esperar el momento clave para salir «de las catacumbas a la lucha redentora».
Compases al amanecer es un volumen de catadura amarga y espinosa, lleno de recovecos turbios que no sólo dan cuenta de un ser envilecido, sino también de los devaneos de una sociedad convertida en mercadillo de traiciones.


