Extranjeros coparon el lugar y levantaron unas 1.500 casas irregulares
Cuentan que se les corta la luz por los colgados en la toma y que la bulla los fines de semana es insoportable. Si llamamos a los guardias municipales, no vienen, dicen los vecinos.
«Dispárame, poh».
La vecina, que prefiere mantener su identidad en reserva por seguridad, cuenta que estaba frente a un haitiano que no quería que se desarrollara una jornada canina al lado de la toma de Lamparaíso, en la comuna de Lampa, donde él vive, porque no estaba dispuesto a ceder un solo pedazo de calle. Antes de que la mujer lo desafiara, el haitiano se había levantado la polera para mostrar un arma al cinto. Y le consta que es haitiano porque se lo había topado otras veces.
«Dispárame, no te tengo miedo».
Pero la verdad es que la mujer se moría de miedo. Lo que sucede es que si algo ha aprendido de la toma que se instaló hace seis años frente a la población donde ella vive, la Manuel Cerveró, es que para hacerse respetar, no hay que demostrar miedo alguno.
«De lo contrario, hacen lo que quieren», dice.
Zona roja
La toma de Lamparaíso comenzó, según recuerda otro poblador que tampoco quiere revelar su nombre, allá por el año 2019, entre el estallido y la pandemia. «Primero fueron unas cuantas familias, la mayoría haitianos, pero después se fue poblando de colombianos, peruanos y venezolanos, propagándose las casuchas por la ladera del cerro hacia arriba».
Hoy hay instaladas unas 1.500 viviendas. Se estima que podrían vivir unas 6 a 8 mil personas en ellas. Vista de lejos, la imagen evoca los cerros de Valparaíso. Quizás de ahí el juego de palabras: Lamparaíso. Pero de cerca se ve mucha pobreza.
«Para ser justos, en esta toma hay gente buena, de trabajo, pero también gente mala, gente violenta, que atemoriza a los vecinos», cuenta la pobladora que desafió al haitiano. «En la noche a veces se escuchan balaceras, hay fuegos artificiales cuando llega droga y los fines de semana hay mucha bulla. Una bulla insoportable de música a todo vuelo, porque ponen los parlantes afuera».
En cualquier lugar civilizado, dicen, eso no estaría permitido porque se impondría la ley. «Pero aquí no impera la ley», cuenta una tercera vecina. «Esta zona, donde está la toma, es una zona roja, es decir, un lugar extremadamente peligroso donde no se mete nadie: ni las ambulancias, ni los guardias municipales, ni los demás servicios. Si uno llama a la municipalidad por la bulla, no viene nadie. Los carabineros tampoco. Los carabineros solo llegan cuando se está produciendo un delito grave».
Como el que ocurrió en julio del año pasado, cuando se descubrió que allí operaba una banda de secuestradores que utilizaba una de las casas como sala de torturas. La policía alcanzó a rescatar a una persona que había sido secuestrada en Estación Central y que se salvó por los pelos de la muerte.
«Una vez la policía interceptó un auto cargado de droga que iba camino a la toma, y cuando los tipos se vieron acorralados, empezaron a desprenderse de la droga lanzando las bolsas a los patios de las casas», cuenta un vecino.
De hecho, es tan zona roja que, como dijo el concejal RN de Lampa Camilo Ortúzar: «Nadie puede entrar a la toma si no está autorizado por los soldados del narcotráfico».
La luz y el agua
Otro problema grande: la luz. Como todos en la toma están colgados, eso afecta a las poblaciones legalmente establecidas. «Nos baja el voltaje y se nos corta la luz a nosotros», cuenta una mujer. «Y cuesta un montón que repongan el suministro, porque como estamos en una zona roja, los de la empresa eléctrica no llegan de inmediato y muchas veces son recibidos a piedrazos».
«La cosa funciona así», resume otro. «Esta gente llega a un poste donde hay un transformador y le instalan cables especiales para colgarse. Pero hay veces en que se les queman los fusibles, se corta la luz en todos lados, y ellos vuelven a cambiar todo como quien se cambia de ropa. Y si tú vas a reclamarles algo, te amenazan con palos, cuchillos y hasta con armas».
«También tuvimos problemas con la copa de agua», cuenta otro vecino. «La copa abastece al 80% de la población en Lampa y está en el límite de la toma. Estos gallos hacen lo mismo que con los transformadores: usan mangueras y tubos para sacar agua, y encima dejan un chiquero».
«Y como los camiones de basura jamás se van a meter hasta allá arriba en el cerro, dejan la basura tirada en la calle, en la parte baja de la toma, donde los perros dan vuelta todo y queda un desastre».
A pesar de que todos los pobladores que hablaron en esta nota responsabilizaban en buena medida al municipio por lo que pasaba en la toma, no fue posible obtener ningún comentario del alcalde de la comuna de Lampa, Jonathan Opazo (independiente).
«En la noche se escuchan balaceras, hay fuegos artificiales cuando llega droga y los fines de semana hay una bulla insoportable», Vecino que vive cerca de una toma Lamparaíso.


