San Bernardo, Peñaflor, Talagante, Isla de Maipo o El Monte son lugares maravillosos para todos los que no necesitamos el punchi punchi de las discos puconinas.
Cargados de bicicletas, flotadores, suegras opinólogas, esposas mal agestadas y niñitos insolados, miles de familias santiaguinas regresan por estos días, viniendo del sur, a los incontables calvarios que les depara marzo con sus listas de útiles escolares y las infames compras de uniformes con esas estúpidas chaquetas azules y esos malditos pantalones que pican. Y, en su doloroso éxodo, cruzan, ya entrando a la metropolitana pesadilla, por esa rara ciudad-barrio del Santiago periférico que es hoy San Bernardo.
Cuesta imaginar que esos paisajes, esas arboledas que pasan fugaces por las ventanillas, hacia fines de siglo diecinueve y durante los primeros años del veinte fueran uno de los lugares favoritos de veraneo para los grupos más chic de la sociedad santiaguina que evitaban las innumerables incomodidades de las playas y preferían San Bernardo con su calma provinciana y su olvidado aire fresco de las largas tardes. Ahora quizás está muy cerca, demasiado tal vez, y pareciera que irse lejos, lo más lejos posible, fuera la clave de unas vacaciones felices que valga la pena relatar a nuestros bostezantes compañeros de trabajo.
No pensó igual don Andrés Bello, fundador de la Universidad de Chile y primer rector de la misma, que prefirió siempre San Bernardo con su brisa suave y sus campesinas de anchas ancas que tanto agradaban al venezolano. José Joaquín Pérez, Presidente de la República, era otro que disfrutaba esas tierras. Incluso se afirma que la primera caricatura política que se consigna en Chile muestra a don José Joaquín Pérez, a quien se le achacaba una radical falta de decisión, tendido en una hamaca, en San Bernardo, esperando que cayera de maduro el durazno de un árbol.
El fundador del Partido Conservador, Manuel Antonio Tocornal, de tendencia bastante derechista por cierto, también solía dirigirse, junto a monseñor Joaquín Larraín Gandarillas, primer rector de la Universidad Católica, a este poblado para soñar un país en que Iglesia y Estado se potenciaran. Vecino de estos clericales veraneantes figuraba nada menos que Diego Barros Arana, quien también ocupara el cargo de rector de la Universidad de Chile. Y, unas callecitas más allá, pasaba los días del estío el encantador Claudio Matte, creador del Silabario Matte o «silabario del ojo», que aún se usa en algunas partes.
Hoy se pasa a toda prisa por San Beca, como lo conocen los jóvenes, apurando el paso para sumergirse en algún mall o multitienda. Y nos perdemos la vieja magia de una ciudad con pedigrí y con historia. Allí veraneó Patricio Aylwin en la casa paterna de ese gran masón que fue su padre, don Miguel. Ahí escribió sus cartas y poemas Manuel Magallanes Moure, platónico amor de nuestra querida Gabriela.
Pasa con San Bernardo una cosa parecida que con Peñaflor, con Talagante, con Isla de Maipo, con El Monte, lugares maravillosos para todos los que no necesitamos el punchi punchi de las discos puconinas. Esa inmensa minoría para las cuales veranear se reduce al raro lujo de leer debajo de un árbol y espolvorear, al caer la tarde, con harina tostada, un fresco corazón de sandía.


