Los santiaguinos nos hemos criado con un tremendo déficit de viento. Cuando se fundó nuestra ciudad, en el año del ñauca, siglo XVI, que una zona estuviese «protegida de los vientos» se consideraba un elemento a favor. Los españoles de entonces no querían estar expuestos a «los feroces impulsos de Eolo», y tampoco les gustaban demasiado los árboles ni los pájaros.
Yo creo que nuestros frecuentes problemas de insomnio se deben en parte a esta endémica característica. Una de las condiciones necesarias para la inducción del sueño consiste en tener a la mano un correlato exterior, el ruido del viento en el follaje, de la lluvia en el pavimento y en los tejados, el estruendo del mar en las rompientes. Como todo esto nos falta, terminamos recurriendo a las pastillas «estrella verde», que Dios bendiga en cualquier caso. En Santiago, por las noches, no contamos sino con una inquietante inmovilidad de cementerio, perturbada de vez en cuando por el grito de algún borracho o por el motor de alguna de las nuevas motos chinas, que equivale al zumbido hipertrofiado de una mosca monstruosa. Yo no recuerdo haber dormido mejor que durante una lejana noche en Puerto Chacabuco, diluida la conciencia por el gemido de los goznes de un letrero oxidado. Ah, esa música que me permitió despojarme del yo e ingresar al inconsciente por el declive de unas brumosas orillas oníricas.
Una de las novelas más totales que se han escrito en Chile es Valparaíso, la ciudad del viento , de Joaquín Edwards Bello, que en otras ediciones se ha titulado En el viejo Almendral y Fantasmas . Yo he envidiado siempre a los porteños y a los viñamarinos por esta presencia cotidiana del viento en sus vidas, que remueve la mugre de las calles, el polvo del follaje y la carga innecesaria de los pensamientos. Me parece que esto ha incidido en la psicología de los habitantes. No conozco ningún viñamarino reconcentrado, adusto o fermentado.
Alguna vez, en Valparaíso, me topé en la calle con el poeta Alejandro Pérez. Me dijo que al verme de lejos había pensado «aquí viene un santiaguino», porque yo caminaba por el centro de la vereda y no por el filón de las murallas. El viento me ralentaba el paso pero eso para mí era una alegría.
Cuando niño, en Punta de Tralca, por las tardes se levantaba un viento feroz. Con mi primo Fernando, que ya no existe, nos exponíamos a su influjo refrescante cada uno portando una plancha de cholguán: el viento nos llevaba por un camino y a trechos nos elevaba. Eso era la felicidad, prolongada cuando nos íbamos a dormir por los cercanos truenos del mar nocturno reventándose en las rocas. Éramos una especie de pioneros, habitantes de una casita precaria construida para durar unos meses. Así fue efectivamente: cuando ya habíamos vuelto a Santiago y al colegio, los adultos nos informaron, con cierta satisfacción en la sonrisa, que a la casita se la había llevado el viento.
Una de las condiciones necesarias para la inducción del sueño consiste en tener a la mano un correlato exterior, el ruido del viento en el follaje o el estruendo del mar en las rompientes.


