Yo sí te banco, Vasco

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Resistido y todo, a Primer plano Moulian le cayó como anillo al dedo.

De vez en cuando nos hacen sentir importantes. A mí, por ejemplo, una lectora, Leonarda Navarrete. Me contaron que cuando no aparece publicada alguna columna mía, le consulta a sus cercanos, preocupada, qué habrá pasado. Le amo. Es lo lindo de este oficio de televidente a sueldo.

Mucho más importante que yo, por cierto, es el colega Vasco Moulian. Y no solo por salir en la tele («Primer plano» de Chilevisión). Tampoco por causar desde allí y a menudo el enojo de los tuiteros por su ultraconservadora forma de enfrentar los contenidos que se plantean en este estelar, sobre todo ahora que ha sentido el llamado de Cristo.

Sin ir más lejos, este domingo insistía en lo impecable que fue la decisión de un colegio de Carahue de exonerar a la profesora Yennifer Vásquez por haber subido fotos sexies a Arsmate, portal de contenidos para adultos.

Primero quiero decir que el suyo no es un personaje. Él realmente está abrazando la fe cristiana y se siente llamado a dar su opinión «en nombre de Dios», aunque el costo sea ir permanentemente contra la corriente e incluso quedar como retrógrado para muchos y muchas.

En segundo término, no se puede negar lo bien que le hace al estelar de farándula de CHV, ya que cumple a cabalidad el papel de villano, un rol imprescindible para todo panel. El espectáculo televisivo necesita de alguien que esté en contra de lo políticamente correcto e incluso del progresismo y las mentalidades abiertas.

En su momento esta misión la cumplieron Enrique Lafourcade («¿Cuánto vale el show?»), Ítalo Passalacqua («Noche de juegos», «Rojo» y «Sálvese quien pueda», además de un paso por el mencionado «¿Cuánto??»), Marcelo Polino («El retador») y hasta Andrés Baile («Mekano» y «Sígueme y te sigo»).

Vasco es un villano tierno. A diferencia de los nombrados, no es consciente de que el grueso del público percibirá sus pareceres como barbaridades. Él no las lanza para generar impacto, sino porque su lógica y ahora su credo se lo indican. Hasta diría que se asombra, casi se asusta, del revuelo que provocan sus intervenciones. De hecho este domingo tras dar a conocer uno de sus puntos de vista le preguntó, muy serio, a Daniela Castro: «¿De qué se ríe?»

Cree que tiene la razón y es respetable: todos creemos tenerla. Complementa y sazona a un cuerpo de opinólogos que, si no contara con su presencia, al faltarle el contrapunto entre la masa liberal y el creyente fundamentalista, sería un insufrible regimiento de comentaristas que, con más o menos bemoles, piensan exactamente igual.

 

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