Hay algo muy infantil en los lloriqueos causados por la eventual partida de Bielsa. Me recuerdan las dramáticas plegarias que a menudo tienen lugar en los parvularios, cuando los niñines pasan de curso y deben abandonar a su tía adorada.
«Que se quede Bielsa» ha sido seguramente la frase más escuchada en estos días. No es habitual que un entrenador sea ovacionado después de ser eliminado de un campeonato. Lo normal, en casos similares, es que el entrenador, justa o injustamente, sea decapitado y luego descuartizado en una conferencia de prensa. Así es el fútbol. Alguien tiene que pagar los platos rotos. Pero en el caso de Bielsa, al parecer, no sólo nadie pagará ningún plato roto, sino que además la Roja regresará a Chile poco menos que con la vajilla intacta del campeón.
No debe de ser una casualidad que las personas más populares del último tiempo en Chile sean Marcelo Bielsa y Michelle Bachelet. El inescrutable entrenador argentino ha sido objeto de una apoteosis nunca vista en la historia del fútbol chileno, al extremo de que su figura, aun después de la derrota, emerge como la de un mesías resurrecto y salvador, capaz de hacer, algún día, el milagro de situar a Chile entre los grandes con sólo un chasquido de sus dedos. La ex Presidenta baila el mismo baile: para todo el país es una abeja reina indiscutible, un ave refulgente y patriótica que sobrevuela piadosamente los restos del naufragio de la nave de los locos.
En ambos se ha encarnado el tipo heroico de Arturo Prat, aquel que no sólo sobrevive a una derrota aplastante y a la muerte, sino que además se transfigura y revierte el fracaso y la humillación, por las razones que sean, en gloria eterna y admiración sin límites. Si nuestro entrenador hubiera sido Dunga, los mismos resultados en el Mundial habrían sido una fotografía deplorable de caprichos antifutbolísticos; si hubiera sido Maradona, estaríamos hablando de incapacidad y delirios de grandeza. Pero es Bielsa y, en él como en Arturo Prat, todo tiene su razón de ser, incluso la derrota: el profesor sabe lo que hace, él nos llevará a buen puerto, confiemos, ya van a ver, esto es sólo el comienzo de una era dorada.
Hay, por lo demás, algo muy infantil en los lloriqueos causados por la eventual partida de Bielsa. Me recuerdan las dramáticas plegarias que a menudo tienen lugar en los parvularios, cuando los niñines pasan de curso y deben abandonar a su tía adorada. ¿En verdad hay gente que cree que una sola mente puede transformar para siempre una actividad que comienza en las poblaciones, en canchas de tierra, con niños que apenas saben leer, que toman desayunos lamentables y que han escuchado desde la cuna que su horizonte está tapado y que sólo se destapará si ocurre un milagro, como efectivamente ocurre en los casos fantásticos de los grandes cracks?
¿No sería más saludable esperar que suceda lo que tenga que suceder, en vez de lamentar histéricamente algo que ni siquiera sabemos qué es: la vida sin Bielsa? ¿Qué es Bielsa, a fin de cuentas, sino uno de los tantos espejismos o burbujas de jabón que de cuando en cuando se nos aparecen para hacernos creer que nosotros -repito: nosotros, en nuestras casas, en nuestras avenidas- vamos por buen camino?


