1962: el grave error de Matamala

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Las últimas veinte páginas del libro (el capitulo 26: Yo, el peor de iodos) pertenecen más a la historia de la especulación que a la de los mundiales.

La página 348, del capítulo «Los asientos vacíos», aclara muchas cosas acerca del último libro de Daniel Matamala. Ahí, donde se habla de las bajas asistencias en el Mundial de 1962, el autor advierte que lo tomarán «por mentiroso» y que corre «riesgo de linchamiento». ¿Y por qué sería? Por citar las estadísticas oficiales de la FIFA sobre el público en los estadios, un dato que todo el mundo debe conocer.

No deja de sorprender, o incluso molestar, esa actitud de Matamala, que en todo caso no pareciera ser significativa en las 494 páginas de «1962, el mito del Mundial chileno», un texto que tras ocho años de investigación deja constancia de un trabajo serio, bien documentado y revelador en varios sentidos. Sí, revelador, pero no en lo que pretende Matamala, que es el camino de la polémica (¿marketing editorial?), sino porque logra armar una historia real, fidedigna y razonable acerca de la epopeya tantas veces descrita y reinventada por la generación de Julio Martínez.

Ahí están los arrebatos del gran Carlos Dittborn, la muñeca y hasta la fortuna de los mosqueteros que consiguieron el Mundial para Chile, una larga lista de errores, los efectos del terremoto de 1960 y la corrupción, tan temida pero inevitable.

Los detalles abundan y a medida que uno avanza empieza a tomar cuerpo la gran premisa: en la realización del Mundial de 1962 no intervinieron dioses, ni titanes ni héroes, sino hombres: entusiastas y luchadores, pero también egoístas y déspotas; gente dispuesta a dar todo de sí y gente dispuesta a llevarse un pedazo de Mundial para la casa. Como en todas partes.

En realidad, lo que cuenta Matamala no pone en entredicho a nuestro Mundial versión «Justicia divina» que durante 48 años hemos venido idealizando. Por el contrario, lo complementa y el resultado, juntando los dos enfoques, vuelve a ser emocionante.

El problema es que las últimas veinte páginas del libro (el capítulo 26: «Yo, el peor de todos») pertenecen más a la historia de la especulación que a la de los mundiales. El autor cree necesario poner a Chile 62 en un ranking, con criterios objetivos y a la vez pueriles: público, goles, expulsiones y estadios, desglosados en varias subcategorías que sólo ayudan a acrecentar nuestra precariedad organizativa y el peso de las incidencias futbolísticas del torneo, que no fue óptimo.

Craso error de Matamala, al concluir que el de 1962 fue el peor Mundial. Lo abandona el sentido común al no considerar lo incuantificable. Sólo un ejemplo: la barbarie de un Mundial en dictadura (Argentina 78) o de uno con Mussolini (Italia 34). Además, se despacha la valiosa conclusión extranjera en una página y media, a partir de resúmenes escritos recién a partir de 1994 por redactores que ni siquiera viajaron a Chile en 1962.

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