Ya no hay vuelta atrás.O trabajamos todos juntos para hacer algo o damos por perdida la batalla.
Hemos conseguido el más triste de los logros: que los delincuentes se despierten temprano. Antes esperaban la noche porque ésta los escondía mejor. Pero al parecer ya no necesitan esconderse.
Todos sus últimos crímenes llevan firma. Quieren ser conocidos y reconocidos. Quieren crear un estado de ingobernabilidad, un estado de miedo, de confusión. Para ello cuentan con una ayuda inconmensurable: el mundo político, que les colabora con una diligencia digna de mejor causa.
El que grita «¡fuego!» cuando el incendio todavía no es total y puede con ello advertir del peligro, es un héroe. Pero lo es también el que, cuando el fuego es irremediable, ayuda a los que están rodeados por las llamas y contribuye a controlarlas. El que histéricamente grita «¡fuego!» cuando todos ven que hay fuego, y se pone a patalear y a gritar, no solo no ayuda a nadie, sino que termina por ser un peligro para todos.
Lamentablemente ahora, que es cuando menos lo necesitamos, estamos rodeados de esto último: alarmismo sin medida, gritos que nadie puede contener, un espectáculo semi circense que nos regala nuestro Parlamento, un lugar al que la mayoría -quiero creer que la mayoría- todavía queremos salvar. Necesitamos salvar.
El gobierno no supo ver el fuego a tiempo, eso es innegable. Pero no deja de ser el que nos tiene que salvar. Rebelarse, llorar, acusar, sufrir, pelearnos, no nos salvará del desastre.
Los que ven en cada muerto una oportunidad para ganar minutos en la televisión, no son mejores que los chacales y los cuervos que se alimentan de la sangre de los que no pueden defenderse. O nos sumamos todos o cerramos por fuera.


