Hermana agüita

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Recién ahora, después de muchas decepciones, algunas iluminaciones y no pocas caídas de teja, me he sorprendido hablando -en solitario- como lo hacían los antiguos hippies.

Antes era motivo de risa el frecuente diminutivo empleado por los hippies para referirse a la naturaleza: el agüita, el vientecito, el pastito. Pronunciaban estas palabras con una voz dejada, semidormida, que anunciaba el deseo del sosiego. Llegó un momento en que ya nadie más habló de este modo o bien uno se cambió a otra zona de la red de relaciones sociales y laborales. El hecho es que las palabras cuyos ecos resuenan hoy en la cabeza son tan distintas: compromiso, responsabilidad, excelencia. También se escuchan por ahí cosas extrañas como «los más altos estándares de calidad», «stress post traumático», «nativos digitales».El diminutivo -que apartamos con vergüenza quienes operamos en el mundo con una chapa de seriedad- implica una afirmación voluntarista: que la realidad que nos convoca es amable, sin aristas ni amenazas. A los niños y a los veteranos generalmente se les habla así: ¿se tomó el tecito?, ¿va a querer más pancito? Nadie -salvo un psicópata- quisiera mostrarle a un niño la realidad en sus aspectos crudísimos, obscenos o miserables. Y sería una gran falta de respeto venir a plantearle la amargura de la existencia a un anciano que ya adoba el sepulcro.

Recién ahora, después de muchas decepciones, algunas iluminaciones y no pocas caídas de teja, me he sorprendido hablando -en solitario- como lo hacían los antiguos hippies. Caminando por unas calles nocturnas he pasado junto a unos acantos recién regados y no he resistido el impulso de tocar las hojas diciendo «qué lindas las plantitas mojadas». O mirando por la ventana un horizonte de árboles polvorientos he murmurado: «Ya vendrá un día la lluviecita».

Es curioso el efecto de la edad y de su cansancio acumulativo. Debe ser distinto según cada historia individual, pero a mí me sucede que pienso mucho en el agua. Me apacigua el ánimo en la noche escuchar los pistones con que los conserjes riegan los jardines, cierro los ojos y veo un lago azul entre riscos nevados, se me aparece como un signo espantoso la ola negra de treinta metros que arrasó el pueblito de Tirúa, escucho ríos pedregosos cuando me voy a quedar dormido. No estoy poetizando, no estoy mintiendo, simplemente registro un fenómeno que considero nuevo en mi vida.

Coincidentemente, el último número del National Geographic está por entero dedicado al agua. Lo compré en un kiosco y me puse a revisar de inmediato sus fotos increíbles: ríos encendidos de noche en la India, una cruz de agua en medio del hielo en Maine, la piscina más grande del mundo en Chile, cascadas purificadoras en Japón, los hondos cenotes mexicanos comunicados con el inframundo. Y una cita de Jung: «Debo vivir cerca de un lago», y otra de Philip Larkin: «Si me llamaran / para construir una religión / yo haría uso del agua».

Obrera en grande

Otro uniforme que Ximena Zomosa ha elaborado en tamaño gigante es el overol que usan las obreras que se desempeñan en las maquiladoras que hay en ciudades mexicanas ubicadas en la frontera con Estados Unidos. La obra se exhibió el 2008 en la Bienal de Estandartes de Tijuana, una de las ciudades donde empresas estadounidenses, para abaratar costos, arman sus productos con mano de obra mexicana.

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