«Santiago no es Chile» siempre ha sido igual. Se transplanta a un santiaguino a algún lugar remoto de nuestra geografía, se lo hace vivir tal como viven los lugareños, casi por inercia crea lazos fugaces pero poderosos con la familia que lo acoge y vuelve a la capital agradecido por todas las lecciones de vida que aprendió en el viaje. Está entre una terapia rural de choque para descontaminar el cuerpo y el alma y un minirreality.
El ajuste que se ha hecho en estas últimas temporadas es el de incorporar a gente medianamente conocida, como la ex Miss Chile Marianne Müller, el empresario Roberto Fantuzzi y el ex ministro de Hacienda Eduardo Aninat. Se sigue así la tendencia que también abrazan «¿Quién quiere ser millonario?», «Identity» y «Elígeme», donde ya casi no tiene cabida gente común y corriente.
El gran mérito de «Santiago no es Chile» es explotar emociones tan al alcance de la mano como el bienestar ante la hospitalidad y admiración ante la simpleza que contrasta con lo que nos amilanan a veces los pequeños problemas. Y ojo que esto se consigue sin la consabida pirotecnia que para tal efecto buscan los programas «tradicionales». Ya sabe, el lacrimógeno pianito de «Rojo», la sorpresiva llamada o aún más sorpresiva visita de alguno de los padres del blanco del ejercicio de lloriqueo o un tape con los hijos del conejillo de Indias.
El recurso al que echa mano esta cámara viajera del alma es la naturalidad casi total. Como será que hay veces en que el televisor pareciera más una ventana que un electrodoméstico.


