Gago tuvo acierto y fortuna con los cambios de Rivero y Lucero, pero su mejor decisión fue mantener a Vargas en el campo hasta el final.
Las apariencias suelen jugar un rol central en el fútbol, especialmente cuando se confabulan con los resultados. Desde el 4-2 de la U a Coquimbo, en la noche de este sábado, parece que el acierto de Fernando Gago en los cambios del segundo tiempo fue total: Juan Martín Lucero y Octavio Rivero entraron a los 83 minutos, cuando la visita ganaba 2-1, y en el tiempo de juego restante anotaron los tres goles con que su equipo logró revertir el marcador.
La galería, en todo su derecho, aulló de felicidad: la U volvió a la vida en un duelo clave y mantiene la ilusión de un final de temporada decente. Para estos casos de emocionalidad automática incluso es mejor que todo suceda en la agonía, cuando el reloj exige respuestas con la guillotina lista para ajustar cuentas. La colosal pifiadera por la salida de Charles Aránguiz y el ingreso simultáneo de los dos ex colocolinos en deuda con los colores quedó en suspenso como descriptor del momento futbolístico del equipo. La épica de la victoria, colectiva y personal de los involucrados, borra todo o al menos les regala una nueva oportunidad.
En trece minutos, los siete de reglamento y los seis de agregado, Gago, Lucero y Rivero resolvieron sus problemas. En rigor, es como tirar un dado y que salga justo el número que necesitabas. Mis abuelos decían «te sonó la flauta».
Los jóvenes tienen su propia referencia: ganar apretando todos los botones del joystick. El Gato Lucero, por ejemplo: se encontró dentro del área chica con un mal despeje en su primer gol y con un rebote al que ni siquiera pudo darle dirección en el segundo. Se festeja con el alma, sobre todo si entraste para reivindicar tu nombre.
Tanto o más dramática es la epopeya individual de Rivero, al reencontrarse con el gol tras siete meses de ausencia por una rodilla que tiene más años que él. No importa tanto si fue de penal, como sí importan el abrazo final de los compañeros que podían dar fe de su contrición en el día a día de la U. Lucero volvió al gol desde la oscuridad, y todavía puede retornar ahí, pero Rivero lo hizo desde el vacío, así que para él ahora todo es ganancia.
La redención del uruguayo ofrece además una pista verdadera sobre el momento y la campaña de Universidad de Chile, a partir de la jugada previa de Eduardo Vargas que provocó el penal y luego por el gesto de regalarle la ejecución a Rivero para cerrar el círculo. Edú Vargas ha sido este año el auténtico bálsamo de la U y lo fue también este sábado contra los piratas, erigiéndose a sus casi 37 años en garante de la rebeldía azul en una temporada que aún exige amor propio y objetivos.
Hay cierta injusticia en reclamar el protagonismo de Vargas en la gran noche de Lucero y Rivero, justo cuando por fin dan señales de vida. Pero hay que volver a las decisiones de comienzos de año, cuando alguien aprobó el regreso de Edú a la U y al mismo tiempo creyó necesario traerle dos alternativas mucho mejor pagadas para el puesto. Gago tuvo acierto y fortuna con los cambios de Rivero y Lucero, pero su mejor decisión fue mantener a Vargas en el campo hasta el final.


