La prensa sólo destaca el lado más oscuro de los habitantes de La Legua, esos chilenos con corazón de oro y huevos de acero que han creado -no quedándoles otra- su propio Chile. Recién comienza a amanecer cuando el ronroneo de un solitario camión Ford avanza desafiando la humedad dura, casi material, de Boca Sur. Una humedad maldita que se te mete en los huesos, en la sangre, en el alma, haciéndote sentir que ya dejaste para siempre el mundo de los vivos, para adentrarte en los misteriosos parajes del infierno.
Boca Sur es ese gigantesco e invisible gueto de las afueras de Concepción, que alberga hoy a unas 60 mil almas y que fue creado entre 1983 y 1985 mediante los brutales operativos de «limpieza social», muy cercanos a «la solución final» nazi, en uno de los emplazamientos más degradados y malsanos de Chile. Las «casas» son escuetos habitáculos de 36 metros cuadrados y una sola pieza de volcanita, la que alberga a familias compuestas por ocho y más personas. Para los que no lo sepan, hasta el 2000, ya en plena democracia, Boca Sur seguía creciendo y recibiendo a los parias de la Región del Bío Bío.
El Ford, que rompe con el martillar de sus pistones la amanecida, es la primera señal de humanidad que emerge allí tras el devastador terremoto que ha convertido ese páramo «urbano» en algo indescriptible. Muchas horas antes que el Gobierno, antes que el Ejército, antes que la Cruz Roja, antes que ningún otro habitante del planeta Tierra, ese camión, cargado hasta los topes con miles de kilos de alimentos, es la ayuda que los pobladores de La Legua de Santiago han enviado con una presteza y una organización que ya le harían falta a nuestras fuerzas armadas, de orden o de lo que sea.
Esa periferia estigmatizada, ese «reino de los saqueadores» que es Boca Sur, recibe entre aplausos entumecidos al aguerrido Ford que otros estigmatizados «narcos» y «bandidos», los de La Legua santiaguina, han enviado para ellos, sin intermediación de nadie, como se hacen las cosas que funcionan, a lo chileno y a lo choro.
Recordemos que La Legua, situada en el hígado mismo de San Joaquín, toma ese nombre por encontrarse ubicada a una legua del centro de Santiago, antigua medida de distancia que equivale a una hora de caminata. Su núcleo, la llamada Legua Vieja, nació de una toma de terrenos hecha por trabajadores salitreros errantes el 47. Luego vinieron, en 1951, la Legua Emergencia y, tras ella, la Legua Nueva, que algunos llaman Legüilla. Su gente está ligada, desde siempre, por fuertes vínculos de pertenencia, y son un ejemplo de capacidad organizativa y solidaridad. Por desdicha la prensa sólo destaca el lado más oscuro de esos chilenos con corazón de oro y huevos de acero, que han creado -no quedándoles otra- su propio Chile.
El Ford avanza despacio, entregando ordenadamente su ayuda. Los repartidores hablan una lengua indescifrable, que los de Boca Sur, sin embargo, entienden cabalmente. ¿Chile puede? Ojalá. Lo único seguro, hasta ahora, es que La Legua sí puede, aunque Boca Sur trate de apagar, con su humedad del demonio, toda esperanza y todo sueño posibles.


