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Autor de la Foto: MIGUEL ARENAS
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Título/Pie de foto: Esteban Abarzúa
El primer examen, contra San Marcos, mostró a un equipo cognitivamente agotado y a un técnico que aún no tiene claro de qué va a jugar Chupete. En el enredo, los de Arica se tomaron el morro albo.
Esteban Abarzúa
Para llegar lejos en el fútbol hay que cumplir sagradamente con tres requisitos fundamentales: lo que se trae desde la cuna y las canchas de tierra, darse cuenta muy joven que es necesario trabajar todo eso y encontrar los maestros adecuados. Humberto Suazo, en realidad, empezó tarde: a los 24 años, cuando llegó a Colo Colo, aún era un goleador genético: bajo pero de espalda ancha para aguantar la marca de los centrales y capaz de doblarles las manos a los arqueros rematando indistintamente con la izquierda o con la derecha. Eso lo diferenciaba de los centrodelanteros clásicos: como le pegaba fuerte no necesitaba estar cerca del área para hacer goles. No era poco lo que tenía para triunfar, pero eso era todo y la edad le jugaba en contra.
Nueve años después, sin embargo, Chupete Suazo vuelve a Colo Colo como un crack que conquistó todo lo que podía conquistar y que incluso podría estar más arriba en la escala de reconocimiento universal si el español Sergio Ramos no le hubiera sacado el hombro en un choque contra Real Madrid en La Romareda, dos meses antes del Mundial de Sudáfrica. Como sea, vuelve con el tiempo suficiente para completar su evolución natural como futbolista, pero con la necesidad de adaptarse a los nuevos desafíos en el Colo Colo de Tito Tapia. El primer examen, contra San Marcos, mostró a un equipo cognitivamente agotado y a un técnico que aún no tiene claro de qué va a jugar Chupete. En el enredo, los de Arica se tomaron el morro albo.
Suazo ya era goleador cuando arribó al Monumental en 2006, pero Claudio Borghi le cambió la vida cuando le dijo que iba a anotar más goles si usaba los palos como referencia de sus remates. Ese apunte de Borghi a Chupete debe ser uno de los mejores consejos para sacarle punta a un centrodelantero desde que Consomé Oyarzún le recomendó a Arica Hurtado que se hiciera la permanente porque, según él, sus compañeros lo ubicarían mejor en el camarín y dentro del área para entregarle la pelota en bandeja.
Aquí hay que meterse en la cabeza de Chupete: cuando pensaba que nadie le podía enseñar a jugar de goleador, apareció Marcelo Bielsa y le enseñó a jugar al fútbol, a entrar y salir del área para favorecer los movimientos de su equipo. Podemos decirlo ahora sin arranques de falso viudismo: ese loco argentino enseñaba el fútbol total y Humberto Suazo fue uno de los que mejor aprovecharon sus lecciones. Pudo convertirse en el típico cañoñero con tendencia a engordar que algún día sobreviviría gracias a sus remates, encajonándose y hasta escondiéndose del juego inexorablemente dentro del área, pero recuperó el tiempo perdido y se convirtió en un buen jugador de fútbol.
Si el físico lo acompaña, y Tapia logra encontrarle un lugar en su oncena que no sea andar a los choques con los centrales contrarios o, peor aún, a los cabezazos con Esteban Paredes, Suazo debería ser capaz de saciar el gran apetito de la insatisfecha masa futbolera local. Eso que algunos confunden con ser campeones, pero sólo consiste en hacer fútbol. Bien jugado, bien vivido y bien entendido.


