De chico aprendí que era mejor no ir donde no te invitan ni asistir a espectáculos que te horrorizan, aburren u ofenden. Por eso evito estadios, conciertos de reggaetón y discos tecno.
Ahora, si por casualidad aterrizara en alguno de esos antros, trataría seguramente de entender lo que disfrutan los otros antes de lanzar mi horror o molestia.
En todo espectáculo, hasta en el más distante a mis gustos y pasiones, hay un asombro que saborear. Y todo, lo más bestial o lo más sublime, me interesa porque es humano. De hecho, el hombre es el único animal que me produce curiosidad infinita.
Me gusta saber cómo ese animal es capaz de sentir compasión y admiración por novillos que no entiende; o por qué está dispuesto a atribuirles sentimientos, dolores y culpas humanas a otros animales que no hablan, ni piensan. O a propósito de qué se siente ofendido por los placeres de otros.
Me interesa ese hombre que, siendo un animal superior, es a la vez más compasivo y más cruel que cualquier otro, y que vive insultando, corriendo, dando gritos y vueltas en la medialuna, ante la sorprendida indiferencia de los novillos.


