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Título/Pie de foto: Rafael Gumucio
Rafael Gumucio
Los que fundaron «Charlie Hebdo», entre los que estaban los asesinados Cabu y Wolinsky, eran jóvenes de veinte años que, recién salidos de un universo cerrado y colonial, querían denunciar todas las mentiras de sus mayores. Eran inteligentes y astutos y supieron muy luego que el mejor método para hacerlo era usar toda la irresponsabilidad, toda la insolencia, toda la tontería adolescente en contra de cualquier institución que exigiera para sí el silencio de lo sagrado.
Lo que hacían era muchas veces genial y otras veces violento y vulgar. Podía doler y molestar. Y lo hacían porque pensaban que no existe el derecho a no ser ofendido. Que aguantar el olor y el ruido del otro no es un contratiempo sino una obligación. Pensaban que nada era más dañino que un mundo esterilizado donde todo te gusta y te quieren todo el tiempo.
Cuando partieron, los jóvenes que inventaron Facebook querían declarar por computador la alegría de ser alumno de Harvard, una de las universidades más exclusivas de Estados Unidos. La hipocresía, la censura y el racismo no estaban entre sus preocupaciones. Soñaban un mundo en que la felicidad era algo que debía, con desembozo, ser mostrado. Un mundo de gatos, de propuestas de matrimonio llenas de brillo, de oraciones y santitos. Y para evitar que entre el mundo real en su red, no paran de crear restricciones y filtros tecnológicos.
Los creadores de «Charlie Hebdo» no buscaron nunca otra cosa que hacer reír y lograron conmover. Enfrentar cara a cara la intolerancia y el odio logró que consiguieran lo que los que inventaron Facebook soñaban para sí: millones de amigos por todo el mundo que, sin conocerlos, los quieren como se quiere a un amigo de toda la vida.


