La animadora se vio obligada a regresar a la ciudad
Vivió cinco años en Maitencillo, pero el gasto en ir y venir a la capital le estaba comiendo los ahorros. No siempre es tanidílico como parece, reflexiona.
Cata Palacios se fue a vivir a Maitencillo en busca de calma. El escenario parecía perfecto: campo, mar; distancia del ruido en un condominio más bien aislado del pueblo. Ahí estuvo cinco años, probando esa forma de vida hasta que algo empezó a incomodar y decidió volver a Santiago.
Se supone que es rico vivir en la playa, para muchos un sueño. Cata al habla: «Rico por un lado y por otro, no. No hay mucho qué hacer. No es tan idílico como parece. Es una vida más para aprender a pescar, para cuando estás jubilada o de vacaciones. Tienes que estar bien cansado, bien jubilado y que no te falte nada».
Y agrega algunos ejemplos: «Para ir al doctor tienes que ir a Viña. La gente joven no tiene trabajo, a no ser que siembres o tengas algo muy armado. No es una vida laboral que me ayude mucho».
¿Cómo era el ambiente?
«Muchos surfistas, muy enfocados en el deporte. Yo no soy surfista, no tengo área en Maitencillo. Estaba bien desesperada de hacer cosas. Yo tengo muchas ganas, tengo proyectos».
¿En qué trabajaba mientras vivió allá?
«Tomaba trabajos esporádicos y era ir y volver. Yo quiero aportar, crear, aprender, crecer. No me sirve estar aislada».
¿Eso gatilló la decisión de volver a Santiago?
«Los gastos. Hice el aguante de ir y venir porque el proceso de Miss Chile (para Miss Universo) fue súper duro, pero era lo que tenía ganas de hacer. Al final no me la podía: viajar, volver, se me estaban yendo los ahorros, porque todo corre por cuenta de uno».
Suena rudo.
«El 2025 fue el más difícil. Ya había tomado la decisión de quedarme, el colegio de mi hija estaba pagado, el arriendo, así que hice el aguante, pero quería mantener su ciclo escolar, no cortarle ese proceso».
¿Qué conclusiones saca de vivir en la playa?
«No reniego de eso. Estos cinco años fui demasiado feliz. Quise probar y probé. Después me separé y dije: ya, ahora me voy de lleno a mi vida laboral. Tuve la fortuna de estar los siete primeros años de vida de mi hija, muy dedicada a criarla, a estudiar y a hacer pegas esporádicas».
¿Cómo ha sido el aterrizaje en Santiago?
«La ciudad abruma, come un poco, pero tiene un lado que yo necesito, sobre todo por funcionalidad. Allá nada queda cerca. Acá todo está conectado. En Maitencillo, para ir a un supermercado hay que manejar kilómetros. Una ferretería es otro viaje. Si se acabaron las verduras, es un plan. En Santiago la farmacia, las verduras, el banco, están al lado. En muy poco rato cumples muchas misiones. Gano tiempo».
Hoy vive en una casa que era suya y que estaba arrendada. Llegó con lo justo: un sillón, unas sillas y una mesa. «Voy a empezar de cero», dice. En la playa casi todo era amoblado. «Tenía poquitas cosas, y ahora mismo estoy pitando una mesa y unas sillas para darle una nueva vida, siempre reutilizando».
¿Qué planes tiene acá?
«Por ahora estoy buscando, puedo hacer de todo, animo, canto, actúo, bailo, jajajá. Por lo pronto voy a traer una marca de cremas y suplementos coreanos por el que pueden preguntar por mensaje directo en mi Instagram (@katap_oficial).


