Chino Millar cuenta la historia que cambió su vida

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Su hermano quedó discapacitado tras un feroz accidente laboral

A partir del sufrimiento, el volante reevaluó su vida y dio un giro que hoy lo tiene con un pie y medio en Sudáfrica. Es el gran dolor que tiene escondido, cuenta su amigo Christian Reynero.

A veces, un día cualquiera, la vida nos da una bofetada terrible. Eso fue precisamente lo que le ocurrió el martes 5 de septiembre de 2006 a Rodrigo Millar. Un maldito llamado lo alertó de la inminencia de una tragedia: a su hermano mayor, Juan Fernando, en ese entonces de 28 años, le había caído una malla de fibra de vidrio de 15 kilos en la cabeza que probablemente lo dejaría parapléjico.

«Él trabajaba en una celulosa en Nacimiento. Si no hubiera sido por el casco, seguro lo mata. Lo trasladaron a una clínica a tres cuadras de mi casa en Concepción. Supuse que era grave», cuenta el Chino, el mismo que el año pasado no sólo terminó de consolidarse en Colo Colo, sino que se adueñó de una camiseta de titular en la Selección, algo que hace menos de un lustro hubiese sido imposible imaginar.

Millar de inmediato le pidió ayuda a su mejor amigo, Christian Reynero, con quien compartía club y casa en Concepción. «Con el Chino vivimos casi cuatro años. Llamó la secretaria de Huachipato a la casa y me dijo del accidente del hermano. Cuando lo ubiqué, ya se había enterado. Me dijo, puta, lo único que te pido es que vayas a buscar a mi mamá a Arauco. No le digas nada, sólo dile que tuvo un accidente . Él se quedó esperando en la mutual. Cuando llegué, la tía me abrazó, muy preocupada, y me preguntó qué había pasado. Yo sabía lo mismo que ella», dice al actual defensa de Audax Italiano.

El Chino, como quien se enfrenta a una condena sin apelación, llegó hasta la pieza en la que estaba Juan Fernando. «Me dijo que no sentía su cuerpo y sólo movía la punta de los pies», recuerda el volante de la Roja.

No había muchos caminos. Tenían que intervenirlo porque había sufrido una compresión de la médula. Si se le cortaba, quedaba tetrapléjico.

Reynero relata cómo comenzó a ver el vía crucis de su amigo. «Cuando llegamos a la clínica dijeron que Fernando estaba al borde de quedar tetrapléjico. Rodrigo no es mucho de expresar lo que está sintiendo, cuesta que se abra. Me daba cuenta que no hablaba, sólo miraba. Él se cuestionaba que por qué a su hermano, que era un tipo súper trabajador, un ejemplo. Me decía hay violadores, asesinos en las calles y no les pasa nunca nada . No se lo explicaba. Además, trataba de levantar a la tía», asegura el lateral.

Entonces, envalentonado como los hombres que están hechos para estas ocasiones, Reynero tomó una decisión. «A los días, saqué al Chino de ahí, de donde estaban su hermano, la tía, su señora y sus hijos. Nos fuimos a un parque y le pedí que me contara lo que sentía. Ahí se soltó y lloró desconsoladamente», recuerda.
Renacer futbolístico

La operación a Juan Fernando salió bien, pero los doctores insistían en esperar la evolución de la médula. «Mi hermano tiene una tetraplejia incompleta. Se puede parar, dar pasos, pero siempre con alguien al lado o muletas. Necesita alguien que lo vea todo el día. Tiene las manos complicadas y camina poco y nada», explica el Chino, tomando aire en busca de calma.

«Es el gran dolor que Rodrigo tiene escondido hasta hoy. Todo lo hace por su hermano. Él tuvo un cambio en su vida y es por todo esto que le tocó vivir a Juan Fernando», revela Reynero.

«Fue muy duro ver a mi hermano así. Cuando chicos nos peleábamos y verlo de repente tirado en una camilla, dos años en rehabilitación, en silla de ruedas…», reflexiona el jugador. «Mi mamá, que vive con él, tuvo que aprender a ser la enfermera y gracias a Dios tienen una polola que también lo cuida. Que de un minuto para otro te digan prácticamente que tu hijo está inválido, es muy difícil de asumir. Además, para él, un tipo súper joven, que había terminado su carrera de mecánica, con todo el futuro por delante, peor», trata de explicarse el volante albo.

En medio de este zafarrancho en su vida, la carrera de Rodrigo Millar se comenzó a estancar. Ya en Huachipato había perdido el tiempo exigiéndose al mínimo. «Jugara bien, mal o regular, al otro fin de semana me ponían de nuevo», admite. Millar tenía un año más de contrato en Huachipato, pero en vez de quedar con el pase en su poder, prefirió venirse a Santiago junto a su hermano, que empezaba su rehabilitación. «Nosotros acá no tenemos familia con mi mamá y justo me llega la posibilidad de Colo Colo. Pero mi primer año fue para olvidarlo», admite.

«Lo que le pasó a mi hermano influyó en mi cabeza de muchas maneras, pero no le echo la culpa a eso por mi primer año en Colo Colo. No es un tema fácil, siempre está presente. Somos una familia súper chica: mi mamá, mi hermano y yo. Es una carga emocional importante, pero había otras cosas. Más encima llegué lesionado. Me tuve que ir de Colo Colo y eso detonó la idea de que me estaba perdiendo una gran oportunidad allí y en la Selección», dice.

Su gran amigo cuenta lo difícil que fue ponerse de pie para el Chino. «Le afectó bastante en su carrera. De repente lo veía llorar en las duchas. Llegaba desconsolado. Terminaba el entrenamiento, se quedaba hasta el último sin mostrarle a nadie su pena. Le caía el agua en la cara, pero yo, que lo conocía, sabía que estaba llorando. Andaba desmotivado, sin ganas de entrenar. Sólo quería estar con su hermano», dice.

Hoy, el panorama es bien distinto. «Uno ve las cosas de diferente manera. Dentro de todo lo malo, me ha servido para darme cuenta que a veces me quejo de que me pegaron una patada y mi hermano nunca va a poder hacer su vida normal. Supe aprovechar muy bien la última oportunidad que me dieron en Colo Colo luego de estar en Colombia. A fin de año me nominaron a la Selección y me fui ganando un lugar específico», resume modesto.

Reynero no puede dejar de remarcar el cambio. «Ahora se preocupa más de estar bien él, de salir adelante. Dejó las amistades de lado, se preocupó de su familia, de lo deportivo y los resultados están a la vista. Él se cuestionó en su momento su juego. Le decían que era pecho frío y se suponía que lo traían como el reemplazante de Matías Fernández. El cambio en su vida fue positivo para él y ahora le da gracias a Dios que su hermano esté con él. Verlo que camina lo motiva y lo exige más», concluye.

-«Lo veía llorar en las duchas. Le caía el agua en la cara, pero yo, que lo conocía, sabía que estaba llorando», cuenta Christian Reynero.

-¿Quién lo puso a correr como maratonista?

Uno de los grandes mitos en torno a Rodrigo Millar tiene que ver en cómo dejó de ser ese jugador trotón y que algunos incluso calificaban de pecho frío y se transformó en una maquinita del mediocampo que entrega pases precisos y rápidos.

«En lo de la dinámica tiene que ver la Selección, pero antes el cambio vino en Colo Colo. A mí me ayudó mucho Fernando Astengo. Él me dio un espaldarazo muy grande. Cuando llegué de Colombia, me dijo que tenía que jugar, me dio varios consejos sobre cómo mejorar, y así me dijo que podía ser titular y llegar a la Selección. Y por eso cambié mi forma de jugar», revela el mismo Chino.

Sobre su supuesto perfil de jugador díscolo, él se defiende y asegura que sólo fue un lío muy puntual. «Fue uno el problema que tuve con Claudio (Borghi). Choqué en auto y no le dije y él se molestó, pero tampoco fue más. Y en la Selección te miden por el rendimiento y no por lo que andes haciendo afuera de la cancha. Todos sabemos cómo cuidarnos para no perder lo que hemos ganado», aclara.

Reynero aporta datos inéditos. «Cuando chocó, fue mi camioneta. En esa época estaba mal, andaba con rabia. Recuerdo que también le pegó a un hincha. Su hermano estaba hospitalizado acá cuando llegó a Santiago. Era todo muy difícil», recuerda.

-«Hasta el día de hoy llora por su hermano»

Juan Fernando Millar y María Carvajal, su madre, viven en Arauco. El hermano del Chino hace su recuperación en Concepción y aparte de la ayuda de su mamá, cuenta con todo el cariño y el amor de Verónica, su polola desde antes del accidente. «El apoyo de ella ha sido súper importante para él», cuenta Millar, quien dice que ha aprendido a «ver distinto a la gente que tiene discapacidades».

Tal como explica Christian Reynero, su amigo y compadre, quien según Millar, siempre estuvo apoyándolo en este proceso, hoy el Chino está totalmente volcado a su familia.

«Les amplió la casa en Arauco y ahora la tuvo que transformar de nuevo por el tema de las rampas. Tuvo que modificarla dos veces. Hasta el día de hoy nos juntamos, quedamos solos y él llora por su hermano. No se conforma con verlo así. Se pregunta hasta hoy ¿por qué mi hermano? Disfruta mucho de la tía, que a veces pasa semanas acá», cuenta.

«Mi mamá viene cuando mi hermano se puede quedar con su polola. Yo voy de vacaciones para allá, pero igual hablamos todos los días. Cuando viene a chequeo, Juan Fernando se queda en mi casa», explica.

«Con mi familia no hablamos mucho de fútbol, pero mi mamá se siente orgullosa por lo que le dicen en la calle. Mi hermano me felicita y nada más. Juego de chico y están acostumbrados. Soy de una ciudad súper chica, donde han salido uno o dos futbolistas profesionales», cuenta Millar.

Sobre por qué no tiene una fotografía con su hermano, afirma que «no somos una familia muy de fotos». Y sobre su amigo Reynero, no puede ser más claro. «Fue un hijo más para mi mamá», afirma.

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