Cita de obras célebres

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Salvo que se trate de una actividad de extensión o dirigida a audiencias específicas, no es la norma que en nuestro medio un concierto sinfónico esté conformado por cuatro obras que pertenezcan sin excepción al circuito extremo de la popularidad masiva, de ésas a las que les cabe con toda justicia el calificativo tan chileno de «oreja».

El reciente programa, ya el N° 17, de la temporada de la Orquesta Sinfónica de Chile, conducida esta vez por su director titular, el polaco Michal Nesterowicz, no tuvo ninguna motivación extra y, acaso sólo por condescender con el gran público, se detuvo en piezas de absoluta celebridad. Ellas fueron las dos oberturas de Brahms, el Concierto para piano de Schumann y el poema sinfónico «Los preludios» de Liszt. Pura fama y, con ella, puro romanticismo.

Más allá de sus cuatro sinfonías el escaso y contundente legado orquestal de Brahms consulta dos oberturas de concierto, compuestas casi seguidas, pero de inspiración muy contrapuesta y casi nunca interpretadas como hermanas en un mismo programa. Una es la «Trágica» y la otra la llamada «Festival Académico». Una transita por lo sombrío y la punzante vena beethoveniana; la otra desborda en la chispa, la juventud y la solemnidad propias del ambiente universitario germano decimonónico. En una y en la otra el maestro Nestorevicz puso su personal sello de energía e incisión, mayormente lucido en la segunda obertura, donde Brahms despliega el mayor recurso orquestal de toda su producción.

El Concierto de Schumann tuvo como solista a la joven croata Martina Filjak, quien en acertada complicidad con la batuta de Nesterowicz, entregó una versión dominada por un vigor y una rapidez que vinieron a plantear una fresca relectura la obra. Los vitaminizados caminos por donde el teclado y los sinfónicos hicieron transitar el concierto permitieron que éste tuviera buenos momentos de arrebato y paroxismo, entre ellos el final, tras el cual fueron necesarios dos encores de la pianista. Esta se presentó allí casi con otro perfil de versatilidad, primero a través de una hermosísima pieza para la mano izquierda de Scriabin, pura pasión y multiplicidad digital, y luego una sonata del Padre Soler, empapada de alta técnica y refinada exactitud rítmica.

«Los preludios» es el más célebre poema sinfónico de Franz Liszt, considerado el padre creador de este género orquestal, no obstante sus gigantescos créditos como pianista y compositor para este instrumento. Por la obra desfilan impresiones, impulsos, matices y sones de victoria, que bajo la batuta del maestro polaco tuvieron un perfecto aliado para ser plasmados con éxito en una interpretación de las mejores.

Si bien es absolutamente necesario que en las programaciones de nuestros conciertos se mezclen obras de primer, segundo y circuito de celebridad, incluyendo también estrenos, resulta muy atractivo contar de vez en cuando con excepciones como la que se comenta, donde se dio cita sólo la máxima celebridad en materia de repertorio.

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