En muchos centros laborales se pierde el tiempo por culpa de reuniones o jefes cargantes
Según la revista «Fortune», el mejor lugar para trabajar en EE.UU. es SAS. Los empleados de esta empresa informática de Carolina del Norte lo pasan chancho: tienen un staff médico a su servicio, reciben masajes en la oficina, disponen de acceso gratuito a una piscina privada y mucho más. «Nuestra cultura laboral se basa en la mutua confianza entre la compañía y su personal», subraya el gerente general Jim Goodnight al explicar las razones del primer puesto obtenido este 2010.
Lo que distingue a las firmas del «Top 100» es el compromiso de los dueños por entregar a sus subordinados un lugar grato para enfocarse en lo que hacen y tantos beneficios como sea posible. Las jornadas suelen ser flexibles y un buen rendimiento se premia con plata o descanso. Un rasgo común es la preocupación por el bienestar de su gente: la empresa modelo promete hacerse cargo de que ningún problema de salud se transforme en una debacle familiar. «Fortune» concluye que estas políticas, lejos de constituir gastos, a la larga son muy rentables.
Esta idílica realidad, por desgracia, dista mucho de la que vive la enorme mayoría de los asalariados del planeta. ¿Un relajante masaje en el cubículo? Lo más probable es que el empleado promedio con suerte reciba alguna vez un charchazo en la nuca (y eso si el jefe anda de buenas). Historias como las de SAS, hay que reconocerlo, más que admiración provocan una envidia negra.
Tu oficina, una mugre
La duda, entonces, cae de cajón: ¿cuál es el peor lugar del mundo para trabajar? Aunque no existen estudios tan detallados como el de «Fortune», un experto en gestión de negocios dice saber la respuesta. Y ese sitio horripilante está más cerca de lo que usted imagina: el peor lugar de trabajo es cualquier oficina común y silvestre del planeta, tal vez la suya.
Tras una breve pero intensa vida laboral, Jason Fried (34) cree haber descubierto por qué tantas personas se sienten miserables en su rutina diaria. Como dueño de «37signals», ha pasado una década desarrollando software que facilita la colaboración en línea dentro de la empresa. En el camino, se dio cuenta de que la oficina no es el «templo del trabajo» que creemos, sino todo lo contrario: un sitio nefasto para la productividad y que aniquila el ánimo de forma cotidiana.
«Las firmas gastan miles de millones de dólares en arriendo, equipamiento y tecnología para darles a sus empleados un lugar agradable y funcional. Sin embargo, cuando se le pregunta a la gente dónde quiere estar si debe hacer algo importante, casi nadie señala a la oficina. Mencionan su casa, la terraza, una habitación que han convertido en escritorio, una cafetería o el sótano; o bien su auto, un tren, un avión; o quizás respondan que no importa dónde, sino que rinden mejor en la mañana, muy tarde en la noche o los fines de semana. En otras palabras, trabajan bien cuando nadie los molesta», resume Fried.
Junto a sus pares y subordinados, este empresario escribió»Rework», una suerte de manual destinado a que jefes y empleados cambien su forma de entender el trabajo. Hace poco resumió sus conceptos en una charla organizada por TED ( www.ted.com), organización dedicada a divulgar «conocimiento e ideas valiosas»: el impacto fue tal que en muchas compañías sus revolucionarias ideas están siendo objeto de debates internos.
Jefes cargantes
En su exposición, Fried denuncia que la oficina moderna es una perpetua fuente de interrupciones donde se malgasta el recurso más escaso y valioso del planeta: el tiempo de las personas. Mucha gente, recalca, cumple sagradamente su jornada laboral, pero al final del día se va a casa sabiendo que no hizo casi nada útil. «No los culpo por no querer ir a la oficina; culpo a la propia oficina. En el trabajo ya no puedes trabajar; con suerte en todo el día tienes media hora para concentrarte en lo importante», acusa.
¿Por qué la oficina es improductiva? De partida, Fried descarta la extendida idea de que Facebook, Twitter o internet en general sean la respuesta: se trata de distracciones voluntarias que un empleado puede administrar a su pinta (tal como maneja las distintas opciones de ocio en su hogar).
El problema son las perturbaciones impuestas e involuntarias. Enemigo letal del rendimiento, por ejemplo, son las reuniones que copan la agenda de cualquier ganapán: es el llamado «Síndrome de la Reunionitis» que recorre el orbe. «Muchos directivos convocan a sus plantillas por cualquier motivo y a cualquier hora, a veces sin ton ni son, sin tener presente que entorpecen la dinámica laboral», apuntaba el diario «El País» a mediados de año, a propósito de un estudio que denunciaba las millonarias pérdidas que causaba esta plaga en España.
Jason Fried fustiga la sobrepoblación mundial de jefes ansiosos por demostrar su valía: en buen chileno, el organigrama de la empresa moderna incluye a más caciques que indios. «Las reuniones son tóxicas, terribles, inútiles, ponzoñosas. Nunca verás a los empleados convocando espontáneamente a una reunión; siempre lo hará un jefe deseoso de monologar y avalarse frente a gente que de veras trabaja. Una reunión de una hora en la que participan diez personas en realidad son diez horas laborales perdidas en algo que puede resolverse con un par de e-mails», dispara.
El experto no se queda ahí y ataca al sinfín de obstáculos incontrolables que el pobre empleado debe aguantar mientras intenta hacer algo útil: telefonazos espurios, charlas de cortesía con los colegas, las insufribles preguntas del jefe sobre «cómo va la pega». El proceso para comenzar a trabajar de verdad, apunta, es similar a disponerse a dormir: una persona normal necesita un lapso sin distracciones para concentrarse.
«No creo que nadie pueda decir que ha dormido bien si lo han despertado toda la noche; lo mismo ocurre en la oficina para producir trabajo útil. No te sientas al escritorio y produces: asentarse y enfocarse toma su tiempo. Las constantes interrupciones involuntarias dividen tu jornada laboral en unos pocos intervalos no mayores a quince minutos», explica. El resto -es decir, seis o siete horas al día- es tiempo perdido.
Recuadro :
Una horrible pérdida de tiempo
I nspirado en la dinámica de su propia empresa, Jason Fried no se queda en los reclamos. Como medida de fondo para combatir la improductividad, llama a otros jefes a pensar seriamente en la posibilidad de que parte del trabajo se haga en casa. «Muchos temen no poder controlar lo que hacen sus empleados si no están encima de ellos, olvidando que lo importante es si su trabajo es de calidad y se entrega a tiempo», reflexiona.
Como medidas inmediatas, propone tres ideas para ejecutar sin preámbulos en la oficina:
Instaurar una vez al mes «una tarde de silencio»: durante cuatro horas todos los empleados -especialmente los jefes- estarían obligados a quedarse callados y concentrarse en su pega. «No imaginan lo efectivo que es; la cantidad de trabajo producida es asombrosa, equivalente a la labor de una semana. Inténtelo», aconseja Fried.
Evitar a toda costa estorbar físicamente la labor ajena: no telefonear a los colegas, ni irrumpir en sus cubículos o conferenciar en los pasillos. En vez de eso, confiar en los e-mails y sistemas de mensajería instantánea. «Si un empleado está enfocado en su trabajo y no quiere chatear o leer correos, simplemente puede cerrar el programa; no puede hacerse el sordo, en cambio, cuando su jefe lo interrumpe en persona o por teléfono», explica.
Cancelar o simplemente no asistir a la próxima reunión pauteada. «La vida seguirá su curso y ese asunto tan relevante que debía discutirse entre ocho personas se resolverá más rápido de otro modo. Ganarás una hora de tiempo valioso, igual que esos otros ocho empleados: una vez que tu jefe entienda que las reuniones no son indispensables, dejarán de ser rutina para convertirse en el último recurso», concluye.


