La doctora en Filosofía tiene una relación hace un año con el periodista
El Rafa ha sido también muy generoso en abrirme su mundo y permitirme crear uno con sus hijos, comenta la académica sobre los niños de dos, cinco y siete años.
Una mujer con tizas de color naranjo, rosado, amarillo, azul y verde terminando un mural. Es una escena playera con olas, un arcoiris, acompañado de un sol al que pareciera darle los últimos toques con la mano para difuminar los tonos. De fondo la canción «Shes a rainbow», de los Rolling Stones. La imagen la protagoniza Diana Aurenque, pareja de Rafael Cavada, quien sacó sus dotes artísticos para adornar con esa obra la habitación de los tres hijos (de 2, 5 y 7 años) del periodista de Chilevisión con su exesposa Fiorella Choca.
Esta faceta es nueva en la vida de la doctora en Filosofía (de la universidad de Friburgo, Alemania), especializada en antropología, ética filosófica, filosofía de la medicina y bioética; una más que está explorando como madrastra o «dianastra», como ella se autodenomina en modo de broma.
El rol fue algo que nunca pensó, pues confidencia que «desde muy chica el tema de la maternidad nunca fue muy presente en mí. Después, como universitaria, menos. Luego empecé mi carrera, a viajar y no es que renunciara a la maternidad, se hizo patente que no quería ser mamá. La única vez que lo pensé fue cuando me acercaba a los 40 y me daba mucha rabia que ya no era mi decisión no ser madre, sino que el cuerpo tomaba esa decisión por mí».
A los 42, sin esperarlo, Diana comenzó la relación con Cavada. A medida que se fue profundizando, el periodista compartió su otro mundo, uno de los más importantes a sus 57 años: el de papá. «Fue muy inesperado el contraste con el Rafa, que es muy opinante, reflexivo, muy adulto y verlo con estas tres personitas pequeñas que son parte de él. Fue muy bonito, porque no estaba buscando pololo y me llegó una familia», reflexiona la académica de la U. de Santiago y ahora nueva directora del Centro de Estudios de Éticas Aplicadas (CEDEA) de la U. de Chile.
Qué bonito lo que dice, Diana.
«Estaba bien con mis libertades, muy liberal, muy recelosa con mis tiempos y ese era el límite. De pronto pasa todo esto y es lindo porque nunca pensé estar en esta posición, que también es muy ideal para mí. Me gustan los niños, me gusta comprometerme, pero también no perder eso otro, mis espacios. La figura de la madrastra es ideal, jajajá».
La figura actual de la madrastra ha cambiado igual.
«Claro, y esto de la madrastra es muy conveniente desde un punto de vista: me acerco, me involucro, pero mi rol no es criar o venir a reemplazar. Mi rol lo veo complementario a lo que son las autoridades del papá y la mamá, yo soy un soporte».
Una pareja con tres hijos puede ser desafiante.
«Lo es y, para algunos, experimentarlo puede ser demasiado. Pero para mí, contrario a lo que se piensa a veces, la maternidad o paternidad no le quita atractivo a las parejas. En el caso de un hombre con hijos, si es un padre presente, eso es un buen indicador del tipo de hombre con quién estás. Cuando ya eres padre o madre, el cable a tierra es inevitable y eso puede resultar muy atractivo».
Usted nunca quiso ser madre y se abrió a esta posibilidad de compartir con los hijos de su pareja.
«La gente me pregunta cómo lo haces y sí, he sido generosa en abrirme a este espacio, pero para mí también es un voto de confianza. Este es el Rafa y, aunque fueran siete (hijos), es con lo que viene y yo lo tomo. Él ha sido también muy generoso en abrirme su mundo y permitirme crear uno con sus hijos».
¿Cómo se va dando la relación con los niños?
«Desde que los conocí, por ejemplo, íbamos a almorzar juntos y todo tenía que ver con la observación, lo que conversaban, lo que decían, lo que hacen y cómo los niños transmiten lo que quieren aunque no lo digan. Sé lo que les gusta a cada uno. Son tres hermanos, pero son muy distintos y es muy entretenido entrar en su mundo, descubrir cuáles son sus sensibilidades, sus gustos y desde ahí acercarme».
¿De qué forma se interna en este mundo infantil?
«Jugando, haciendo. Ellos son súper prioridad cuando estamos juntos, entonces el panorama es integrarlos en lo cotidiano. Si voy a cocinar, les sacamos los hojitas a las lechugas, entonces se genera una participación en lo doméstico de acuerdo a su edad y sus posibilidades. Leemos, pintamos, hacemos cosas con greda. Ahí soy más hippie si se ensucian, es sólo barro y pintura. Es un poco malcriar, y es muy entretenido hacerlo».
¿Cómo maneja algún momento de tensión propio de los niños?
«Cuando han tenido momentos, con el Rafa, vamos a buscar herramientas, que es lo que hace uno en estos casos. No me meto mucho, pero ahí hay atención y contención. Ahora sigo un montón de páginas de crianza con propósito, me gusta poder buscar formas de entenderlos, escucharlos».
Se le ve contenta.
«Estoy contenta porque es una experiencia que no iba a tener ni disfrutar. Todo esto es muy lindo, porque es ver y dar tiempo. El tiempo es amor, lo más valioso del universo».



