Sergio González Oyarzún llevaba 30 años haciendo de las suyas
En los últimos años ganó $100 millones liderando un grupo de delincuentes que engañaban a empresas abastecedoras de material de oficina.
Sergio Manuel González Oyarzún, de 59 años, apodado «El Maestro», tenía 30 años de experiencia con el bisturí. No era médico cirujano pero su trabajo tenía más adrenalina: con el instrumento adulteraba cheques y cobraba cuantiosas cantidades.
El mecánico en máquinas y herramientas nunca había sido descubierto, hasta que un error en una operación el 7 de septiembre de 2006 lo delató y terminó por hundir una carrera delictiva, hasta ese momento, impecable.
Fue en la puerta del Banco Estado de Alameda con Bandera, cuando fue detenido en plena acción. Ese día esperaba a que uno de sus «soldados», como se les llama a los cómplices que cobran los cheques y reciben un porcentaje, saliera con casi $10 millones.
Desde 1978 don Sergio tenía un método infalible: averiguaba qué empresa de suministros de artículos de oficina hacía entregas a reparticiones públicas o privadas como municipalidades y universidades. En los últimos años «trabajaba» con las empresas Dimerc y Prisa.
Estaba pendiente de cuándo se debía retirar el cheque y enviaba a uno de sus «caminantes» (también así se les llama a sus palos blancos), que presentaba un carné y un poder notarial falso y retiraba el cheque.
No se pudo acreditar nunca cómo lograba esta información clave, pero hay dos teorías: en las empresas de suministros le pasaban el dato o seguían el camión repartidor para ver dónde hacía entregas y luego iban a preguntar por el cheque.
Tras obtener el documento de pago, González Oyarzún desplegaba todo su «arte»: con el bisturí raspaba cuidadosamente la cifra y el nombre del beneficiario e imprimía el de uno de sus cómplices y abultaba la cifra, si estaba por $90 mil, escribía $9 millones.
Como el documento era original, las firmas correspondían y la municipalidad o universidad siempre tenía fondos, el cheque era pagado en los bancos sin problemas. «El trabajo quedaba tan perfecto, que era difícil darse cuenta», dice el fiscal de Ñuñoa, Carlos Gajardo. Su nombre nunca aparecía implicado pero había obtenido alrededor de $100 millones en unas 30 operaciones de este tipo en los últimos años.
Cuando el verdadero empleado iba a recoger el documento de pago, la estafa quedaba en evidencia, y aunque los cómplices fueran capturados, por lealtad al «jefe» preferían ir a la cárcel y recibir penas de aproximadamente tres años, antes que delatarlo.
Los investigadores sospechan que el estafador se cubría las espaldas dando apoyo económico a su «soldado» para que no lo delatara, pero es algo que no se pudo acreditar, pero gracias a este silencio, González Oyarzún no podía ser sentenciado, hasta ahora.
El error en la operación de septiembre de 2006 es que el dinero fue depositado primero en una cuenta de ahorros de Banco Estado a nombre del cómplice Juan Carrasco Sandoval. De modo que cuando en la empresa y la Municipalidad de Las Condes se dieron cuenta del fraude, avisaron a las autoridades y alertaron al banco. Todos estaban atentos del momento en que el dinero fuera retirado, lo que ocurrió dos días después.
El Maestro no sólo estaba esperando a su cómplice, sino que tenía en su poder otro cheque adulterado por otros $9 millones de la Municipalidad de Peñalolén que pronto sería cobrado por Juan Osorio Solís de Obando (actualmente condenado a cuatro años y que no acusó al Maestro), quien estaba a su lado, un documento notarial falso y la boleta de compra de un bisturí.
«Tenía mucha confianza de que nunca sería condenado y que no se le podía probar nada, tenía confianza en sus cómplices», relata el fiscal Pablo Norambuena.
Según los investigadores, tenía un buen pasar, conducía un Peugeot 307 y convivía con una mujer más joven que él. Tiene cuatro hijos, uno de los cuales está implicado en una causa similar.
Pese a esas pruebas, el Tribunal de Garantía lo dejó en libertad por detención ilegal, al considerar que no era suficiente la delación de su cómplice, lo que fue revocado posteriormente por la Corte de Apelaciones, y se le dictó orden de captura.
Fue aprehendido cuando dos de sus cómplices confesaron su participación y lo sindicaron como el autor intelectual de las estafas. Cayó el 18 de diciembre de 2008 en un control de detención, en momentos en que, acompañado de dos mujeres, compraba droga en la comuna de Macul. Llevaba dos años prófugo.
El martes pasado fue sentenciado a siete años de cárcel, pero su abogado defensor, Rodrigo Lezana, apelará a la sentencia, porque asegura que su cliente fue condenado como autor, pero sólo es cómplice y que a pesar de que se le imputaban ocho delitos sólo se acreditaron tres.
«El no fue condenado por falsificador, sino por uso malicioso de instrumento privado mercantil», explica su abogado.


