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Siete puntos con lo que viene en política
Michelle Bachelet ganó su segunda elección presidencial y todo indicaba que el «diagnóstico de la calle» se alineaba con el programa transformador de la Nueva Mayoría. Sin embargo, el año terminó menos optimista para el gobierno. Su aprobación cotiza a la baja y, desde la oposición, exigen un cambio de actitud. Así, el dilema de la Presidenta se resume en moderar la ansiedad reformista o tirar toda la carne a la parrilla antes de las municipales del próximo año. Las siguientes son las claves que ilustrarán esa encrucijada.
Cristóbal Bellolio
1. La crisis del diagnóstico: ¿quieren realmente los chilenos cambiar el modelo de desarrollo? ¿Están las capas medias de la población ávidas por renunciar a las lógicas de mercado en educación, salud o previsión? ¿O han incorporado esas prácticas a su repertorio cultural, traduciéndolas en expresiones de orgulloso ascenso social? Doce meses atrás, en el mundo de la izquierda no había dos lecturas: había llegado la hora de demoler el paradigma neoliberal.
Hoy, la cuestión es disputada. Una cosa es querer cambiar el estado de las situaciones porque se consideran injustas. Lo otro es creer que el resto quiere lo mismo. La resistencia que ha provocado la reforma educacional, en grupos de apoderados de establecimientos particulares subvencionados, ha servido de alarma. Pocas veces ha quedado más claro que hay miles de familias en Chile que están felizmente dispuestas a pagar más para no mezclarse con aquellos a quienes socioeconómicamente han dejado atrás.
El escepticismo ya se coló en la elite ex concertacionista. La DC encontró una manera de hacerse útil y problemática a la vez tratando de interpretar ese mundo. El 2015 veremos si su estrategia funciona y si sus visiones más moderadas se imponen.
2. La tentación refundacional: bajar las revoluciones transformadoras tiene un costo: cuando nos cubrimos la cabeza nos destapamos los pies. En este caso, destapar los pies simboliza frustrar las expectativas de aquellos que, sinceramente, quieren cambiar las reglas del juego cueste lo que cueste. Para todos ellos, la madre de las batallas es la constitucional. Recordemos que la candidata Bachelet hizo tres promesas centrales: reforma tributaria, educacional y nueva constitución. De las dos primeras se habló bastante en 2014.
Ahora es el turno de la más controversial y ambiciosa. Aquilatando la magnitud de la tarea, La Moneda no se ha casado con la idea de realizar una gran Asamblea Constituyente. Quizás hace bien: le queda grande la empresa y el horno todavía no está listo. Eso no significa que no vaya a hacer nada. Dirigentes de la Nueva Mayoría han confesado que lo importante es tener un nuevo texto, aunque sea por vía parlamentaria.
3. De pan también vive el hombre: así reza el mantra lavinista, los políticos gobiernan con las prioridades cambiadas: se preocupan de reformas institucionales grandilocuentes y no de las urgencias sociales que realmente le importan a la gente. Hay varios dentro del gobierno que están pensando seriamente en una inyección de lavinismo.
Durante el 2014 se les vino la noche con la desaceleración económica, la seguridad pública y las pesadillas del transporte público. Ninguno de los tres temas fue prioritario en el discurso de campaña. Sin embargo, la cotidianidad se ha encargado de demostrarles cuán relevante es atender un par de cuestiones básicas. Variables como tener empleo, vivir en paz y trasladarse con dignidad pueden afectar más profundamente la calidad de vida de los chilenos que otros asuntos igualmente importantes, pero menos urgentes.
4. Después del lucro. en 2014, por decisión política, el gobierno partió su esperada reforma educacional atacando el lucro, la selección y el copago. Es una contienda inconclusa, pero que no debería extenderse mucho más. En cambio, es probable que en 2015 reaparezcan otras aristas del cambio integral de paradigma que promueven los intelectuales de la Nueva Mayoría. Principalmente, el tema de la gratuidad universitaria, con sus ríos de tinta a favor y en contra. Una nueva oportunidad de protagonismo para la bancada estudiantil, pero un eventual foco de conflicto en una Confech que pierde ascendencia y por primera vez se presenta tan dividida.
5. Palabras más, palabras menos: la Presidenta ya pasó el aviso: no quiere más desplantes de lenguaje odioso o innecesariamente beligerante. Tiene un punto. El 2014 fue pletórico en frases desafortunadas y en excesos verbales. Fue el año de la retroexcavadora, de los patines, de videos oficiales denunciando a los «poderosos de siempre» y hasta de las «clínicas cuicas».
Viejos estandartes de izquierda y derecha llegaron al extremo de comparar el actual clima político con la época de la UP. No hay amistad cívica que florezca en estas condiciones. Bachelet lo intuye y sabe que el 2015 no puede ser igual: de lo contrario todos saldrán trasquilados ante los ojos de la opinión pública y siempre pierde más el que quiere conservar el poder.
6. Con plata baila el monito: los empresarios le perdieron la fe al ministro de Hacienda y, en general, al manejo económico del gobierno. Eso es problemático en un país como el nuestro, donde los primeros ostentan tanta influencia. Dicen que el gobierno no previó el impacto de sus reformas en la economía. Pero a estas alturas no puede echarle la culpa de todo a factores externos. Este es un terreno sensible donde las señales importan. Pero justo cuando la Presidenta activaba un paquete extraordinario de medidas, para revivir la inversión y las alianzas público-privadas, la introducción de la reforma laboral en la agenda regresó la relación a fojas cero.
La oposición se frota las manos sabiendo que en la cancha del crecimiento y el empleo tienen buenos resultados para contrastar. Por lo tanto, Bachelet no puede dar esta pelea por perdida. El 2015 será fundamental para cimentar una espiral de recuperación o bien para seguir en el fango de la mediocridad.
7. La otra reconstrucción pendiente: la derecha se jactó de haber llevado a cabo una estupenda labor de reconstrucción después del terremoto. No ha sido igual de exitosa después de su estrepitosa derrota electoral. 2014 fue un año prácticamente perdido al respecto. Aunque han tratado de mimetizarse con la llamada «nueva calle» o nueva oposición social, lo cierto es que el resultado ha sido malo en casi todos los frentes: ni por casualidad capitalizan los puntos que baja el gobierno, sus partidos hacen noticia por escándalos o salidas de madre de sus parlamentarios, sus modos de combate no son unitarios, sus liderazgos se renuevan con extrema dificultad y la sombra de Piñera lo inunda todo. El año que empieza debiera ser distinto si tienen aspiraciones sensatas de volver a La Moneda con un proyecto robusto que refleje una reflexión y no un mero instinto.
No siempre es malo decepcionar a la fanaticada buscando puntos de encuentro en terreno neutral. Así suelen construirse los países a largo plazo. Y también están los chispazos y las necesidades imperiosas. Sabemos que el 2015 trae la Copa América -ojo con la Presidenta que aquí puede cosechar- y más escaramuzas con Bolivia.


