En el Primer Tribunal Oral buscan aclarar crimen de José Leiva
Vecina alertó sobre presuntas actitudes impropias en un sujeto y una multitud lo siguió y lo golpeó a patadas.
Todos tenían rabia la tarde del 16 de enero. Ese es uno de los recuerdos que los vecinos de la Villa Pajaritos 1 tienen de la jornada que se vivió este año en Pudahuel. Ayer, uno a uno, tras jurar que dirían la verdad, los pobladores fueron pasando por el estrado del Primer Tribunal de Juicio Oral de Santiago.
Lo que allí se discutía es quién es el responsable de la muerte de José Alejandro Leiva, de 36 años, a manos de una multitud. La primera en declarar fue Nury Díaz. Esa veraniega tarde, ella le dio permiso a su hija de cinco años para ir a la piscina de una casa cercana y por un instante salió a mirarla. «Ahí vi entrando al pasaje a un hombre de camisa cuadrillé y me llamó la atención, porque se quedó mirando. El sujeto se puso tras un vehículo y se bajó los pantalones delante de las niñas. Lo encaré. Me dijo que qué me metía. Salí detrás de él gritándole: ¡D egenerado! «, relató Nury a los jueces.
Tras ese grito se inició una carrera. «La gente comenzó a decir por aquí va. Cuando llegué a la plaza ya muchas personas gritaban que lo habían agarrado, todo el mundo le pegaba. El sujeto estaba en el suelo. Las personas que iban pasando y se enteraban del hecho, le pegaban», prosiguió Nury, quien estimó en unas treinta personas las participantes.
Juan Concha fue uno de los que aquella tarde vieron correr al hombre. En el juicio recordó que iba «desesperado» y que por curiosidad se acercó a mirar. «El sujeto estaba desnudo, en el suelo, con una mochila en la cabeza, la gente le gritaba: ¡Degenerado ! Después un sujeto con un gorro de vaquero dijo: ¡A este hay que matarlo! Le pegó como cinco patadas. El tipo estaba apoyado en la solera y lo aplastó», describió. Concha también aseguró que minutos antes el golpeado «trató de pararse, diciendo que no había hecho nada». El vecino Cristián Poblete agregó en el tribunal que «había gente que decía que no le pegaran más. La gente no hacía caso, estaba vuelta loca».
Como si fuera la obra Fuente Ovejuna, los vecinos se defienden. Nury admitió que se negó a ir casa por casa identificando a quienes dieron las patadas. Aún así, la fiscalía acusó a Cristián Abarca, tío de una de las niñas de la piscina, por la muerte de José Leiva. El hombre reconoce que dio un par de patadas, pero él y sus vecinos sindican como el principal culpable al desconocido del sombrero de vaquero.
El fiscal Carlos Hidalgo pide siete años de cárcel para Abarca y del vaquero nada se sabe.
En el público, María Teresa Carrasco, la madre de José no pudo evitar el llanto. Un testigo recordó que su hijo pedía que llamaran a su mamá. «Mi hijo era útil a la sociedad, tenía dos trabajos, tenía una hija de tres años, tenía valores. Tiene que haber sido un error. Quiero que se aclare, basurearon a mi hijo, quiero que se limpie su nombre», pidió.
«El único error de José fue caminar a las tres de la tarde por un sector donde lo sindicaron como un degenerado sin tener ninguna prueba. A una persona se le condenó, se le juzgó y ejecutó con la pena de muerte en menos de 30 minutos», reclamó el abogado de la familia, Marco Antonio Medina.
Jorge Rosende, sicólogo
«El estado emocional es intenso»
El sicólogo clínico de la Universidad Central, Jorge Rosende, explica que en un linchamiento se produce en las personas «un estado emocional sumamente intenso, la persona va a funcionar desde ahí y razonará menos. Es una respuesta inmediata que se ve facilitada por el grupo. En el momento las consecuencias no se piensan, se aprovecha el instante para descargar algo pensando que no se va a tener ninguna consecuencia».


