Enormes manos de guaguas

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En su Ensayo sobre el cansancio , Peter Handke propone algo provocador: que los hombres de ciudad consideran que cansarse no es un comportamiento correcto. Se refiere a los oficinistas, a los operarios de faenas automatizadas, a los gerentes, a los corredores de bolsa, en fin: a todos los trabajadores que no realizan labores estrictamente manuales. En contraste, aunque los albañiles, los carteros o los barrenderos viven en la ciudad, trabajan de un modo semejante al de los campesinos, por lo que su cansancio es asimilable al de ellos y puede imaginarse perfectamente: su imagen tiene un sentido. Así, de cuerpo entero, por lo demás, y guardando las distancias, era nuestro cansancio de niños, al final de una tarde de verano, por ejemplo, cuando la cuchara nos pesaba una enormidad junto al plato humeante y aún nos quedaba energía para sentirnos, gracias a ese cansancio, un poco más vivos de lo que ya éramos.

Los demás, los que hacen «pega de escritorio» o aprietan botones de cualquier especie o vigilan una puerta, no dan imágenes claras de su cansancio, el que parece ser infructuoso y banal. «De igual modo», dice Handke, «no me es posible imaginarme el cansancio de un rico, o de un poderoso, a excepción tal vez del cansancio de los reyes que han abdicado, Edipo y Lear. En las horas de descanso no veo ni siquiera gente activa y eficaz que salga cansada de las empresas totalmente automatizadas de nuestros días, sino gente estirada, con aire dominador, con caras de vencedores y enormes manos de bebés que dan manotazos a un lado y a otro, gentes que en las máquinas de juegos de la esquina van a continuar inmediatamente sus gestos a la vez perezosos y activos».

Extremando las cosas, es cierto que un camión lleno de jornales exhaustos y un vagón de metro en hora punta son imágenes de intensidad equivalente, porque están en los límites de la resistencia humana cotidiana, pero también es cierto que anímicamente son escenas incomparables. El apiñamiento es el mismo, pero el humor es diferente. El camión y el vagón pueden ir en silencio, pero ese silencio no es igual para ambos. Y el silencio es el lenguaje del cansancio. Desde luego, en eso hay una idealización, pero es una verdad tangible que la sensación del metro no es de cansancio, sino de abatimiento mezclado con tedio, furor laboral y con ese aire soberbio que decía Handke: gente que parece a punto de desfallecer, pero que a la vez podría clavarle alfileres en los ojos al primero que haga o diga algo impertinente.

La imagen del guatón frenético del «tómate un Armonyl» sirve para mostrar la diferencia entre el cansancio de un oficinista y el de un trabajador manual. Mientras el desgraciado gordo sería capaz de destruir un templo y levantarlo en tres días, un obrero cansado sólo reserva algunas gotas de energía para una pilsen o un último pucho. Por supuesto, después de una tarde de palear cemento o cepillar madera, el gordo se reventaría como un globo rozado por una colilla encendida, pero quizás su vida habría alcanzado un clímax. El cansancio, visto así, es un signo vital. Por eso tal vez, en las ciudades se lo ha reemplazado por el concepto de «estrés», casi sin oposición, del mismo modo en que medio mundo, en lugar de descansar o dormir, prefiere «relajarse».

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