El hombre que convirtió a la UC en un club ganador

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La etapa de Cruzados y Buljubasich consiguió algo más difícil: transformar una reputación de club ordenado en resultados repetidos y gestión identificable.

Universidad Católica cumplió 89 años en abril. En ese recorrido ganó dieciséis campeonatos de Primera División. Siete llegaron desde 2010, con José María Buljubasich como gerente deportivo. El dato obliga a mirar su trabajo en una escala distinta a la de una llave o una ventana de mercado.

Buljubasich asumió después del Mundial de Sudáfrica y llevó a Juan Antonio Pizzi. La UC fue campeona ese mismo año. En 2011 alcanzó los cuartos de final de la Libertadores. Más tarde sostuvo a Mario Salas hasta el bicampeonato de 2016. Entre 2018 y 2021 llegó una evidencia aún más fuerte: cuatro ligas consecutivas con cuatro entrenadores distintos. Cuando cambian los técnicos, y el resultado permanece, conviene mirar la estructura.

El Claro Arena, inaugurado el 23 de agosto de 2025, expresó esa continuidad. Un año después, Católica ganó todos sus partidos de visita en la fase de grupos de la Libertadores. En octavos llegó diezmada por lesiones y perdió a su goleador Fernando Zampedri por tarjetas amarillas. El 0-3 ante Estudiantes funcionó como un juicio sumario.

La acusación: había dinero y no se gastó. Ese razonamiento funciona mejor en la tribuna que en economía. Toda la literatura de gestión de clubes de fútbol explica la insolvencia de seguir los gritos de las hinchadas. En ‘Soccernomics', Simon Kuper y Stefan Szymanski sostienen que sólo el 16% del precio de los fichajes se traduce en éxito deportivo.

Buljubasich se negó a ‘traer por traer'. Tras el cierre del mercado calculó que la caja real para incorporaciones rondaba entre 800 mil y un millón de dólares, lejos de los 5,6 millones instalados en la discusión pública. El DT Daniel Garnero quería más alternativas ofensivas. El mercado pedía cifras que la UC consideró fuera de alcance. La pregunta racional era cuánto costaba mejorar realmente lo que ya había.

El fútbol chileno conoce esa trampa. Colo Colo todavía recuerda el contrato de Nicolás Blandi y después se embarcó en Darío Lezcano. El hincha festeja la presentación; la contabilidad conserva el problema.

Las decisiones de Católica tampoco pertenecieron a un hombre. En su despedida, Buljubasich agradeció a Jaime Estévez y Felipe Gacitúa; también a Luis Larraín, Jorge Garcés, la familia Del Río y Juan Tagle. Su tarea consistía en definir el problema técnico y ponerle precio a la solución.

Católica ya había conocido caminos menos cómodos. Sus dos primeros estadios fueron por terrenos donados. En 1955 descendió. Dos años más tarde evitó otra caída después de que San Luis perdiera trece puntos por secretaría. Volvió a descender en 1973. Los terrenos de San Carlos fueron comprados a precio irrepetible tras una gran campaña de recaudación. Nada de eso empequeñece la historia cruzada. La etapa de Cruzados y Buljubasich consiguió algo más difícil: transformar una reputación de club ordenado en resultados repetidos y gestión identificable.

Por eso su salida tiene una ironía incómoda. Los clubes suelen despedir a los dirigentes que gastan mal. Católica terminó despidiendo al que se negó a gastar para calmar una ansiedad de mercado invernal. Lo sacaron por la tramposa impopularidad del que tiene que hacer la pega.

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