¿El mayor proveedor de felicidad del mundo?

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La FIFA duplicó sus ingresos entre Qatar y Norteamérica. Las entradas son las más caras de la historia.

Hay tres fotos que explican a Gianni Infantino mejor que una auditoría. Con Vladimir Putin, Tamim bin Hamad Al Thani y Donald Trump. Rusia 2018, Qatar 2022, Estados Unidos 2026: tres mundiales y tres maneras de comprobar que el fútbol aprendió a usar traje de cancillería.

«Parece un defensor improbable de un nuevo orden futbolístico», escribió The Economist sobre su figura. Improbable porque viene de Brig, una ciudad suiza bajo los Alpes. Su padre, Vincenzo, trabajaba en trenes nocturnos; su madre, Maria, atendía un quiosco en la estación. Su escena fundacional ocurrió en 1982. Italia ganó el Mundial y la familia cruzó a Domodossola para festejar. No había banderas. Maria compró telas rojas, blancas y verdes, y las cosió. Décadas después el hijo haría algo parecido, con materiales menos inocentes: federaciones pobres, patrocinadores gigantes, presidentes, emires, estadios, tarifas. Donde su madre cosía colores, él cose intereses.

En 2016 llegó casi de rebote a la presidencia de la FIFA. Antes era el hombre de los sorteos y attaché de Michel Platini en la UEFA. Diez años después, el Mundial de 2026 es su criatura mayor: 48 equipos, 104 partidos y tres anfitriones, sí, pero con 78 encuentros en Estados Unidos. Infantino lo sostiene como fiesta global con caja registradora. La FIFA duplicó sus ingresos entre Qatar y Norteamérica. Las entradas son las más caras de la historia. El modelo dinámico de precios convirtió la ansiedad del hincha en algoritmo: para la final aparecieron localidades y paquetes premium a treinta mil dólares. El balón une al mundo, siempre que el mundo pueda pagar peaje.

Infantino vende a la FIFA como «el mayor proveedor de felicidad para la humanidad». La frase parece escrita por un publicista con fiebre, pero explica su fe: el fútbol como salvoconducto para entrar en cualquier despacho. The New Yorker escribió que «el Mundial de este verano será la obra maestra de Infantino. También podría ser su mayor error».

La última portada de LEquipe lo encara antes del pitazo inicial. «Bienvenidos a Estados Unidos», dice, con Trump moviendo los hilos de un Infantino convertido en marioneta y el árbitro somalí Omar Abdulkadir Artan mostrando la tarjeta amarilla desde el margen de la fiesta. La FIFA prometió el Mundial más inclusivo y uno de sus árbitros quedó fuera por decisión migratoria del país anfitrión.

La escena reciente de Vancouver ya lo había mostrado sin remate. En el Congreso de la FIFA quiso sentar ante las cámaras a representantes de Israel y Palestina, como si el conflicto pudiera resolverse con una foto y dos manos obedientes. Jibril Rajoub se negó a estrechar la mano del representante israelí. Infantino quedó con la sonrisa colgando: algunas costuras no cierran aunque se tire fuerte del hilo.

Ese es su enigma. El niño de la bandera cosida gobierna un fútbol que se le parece: sentimental en el discurso y feroz en la factura. Une cosas destinadas a rajarse: Putin, Medio Oriente, Trump; los barrios y las suites; la pelota y la geopolítica. Su madre juntó tres telas para inventar una patria portátil. Él junta poderes que se repelen y los llama Mundial.

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