El voto desnudo

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¿Cómo?, exclamé el pasado lunes al encender la tele: ¿otro debate presidencial? Ni me acordaba. Al menos esta vez los candidatos sólo eran dos. Tenía la idea de que este asunto era ya cosa saldada, trámite cumplido: me había olvidado por completo de la segunda vuelta. Una pesadilla, pero no hay nada que hacer: el domingo iremos otra vez a votar bajo un sol incivil. Tenía la esperanza de que un tribunal supremo declarase desierta la elección, no por vicios en el recuento de votos, sino por simple falta de méritos. O de encanto personal, si ustedes quieren.

Pensé en irme a dormir, pero una malsana curiosidad se apoderó de mí: ahí estaban, inundando la pantalla chica con su espantosa verborrea, mirándose con una suerte de odio empaquetado, esbozando risitas sarcásticas cada vez que hablaba el contendor. Emitían, por supuesto, promesas imposibles. ¡Ni un solo estudiante meritorio y ganoso -aseguró uno de ellos- quedará fuera de la universidad por no poder pagarla! A otro can con ese hueso.

Indeciso aún, miraba la pantalla con un solo ojo. Advertí que uno de los candidatos movía la clavícula compulsivamente, tal vez para convencernos de que pensaba ponerle el hombro. El otro algo se había tomado, pues su tranquilidad no era natural. Lo traicionaba el subconsciente: levantaba las cejas, como diciendo en clave: no crean nada de lo que digo. En una pausa, bostezando, hice zapping: apareció el poeta Raúl Zurita, hablando de Homero. Sentí un campanillazo mental. Ya verán por qué.

De vuelta al debate, ambos aspirantes anunciaban su freático deseo de incluir rostros nuevos en sus gabinetes ministeriales: mujeres, decían, sobre todo habrá mujeres. A esas alturas, cerca ya de la medianoche, las radiaciones televisivas me habían tomado el nervio óptico. Con un pulgar apolítico presioné el botoncito para apagarlo todo, pero las imágenes persistían. Me refugié entonces en el rincón más oscuro del salón, ovillado en posición fetal, cerrando el puño sobre el pecho como si allí escondiera mi voto de este domingo, protegiéndolo de la codicia de los debatientes. «Mujeres, mujeres», seguía escuchándolos a mi pesar, como en un eco alucinado, «habrá mujeres en mi gabinete».

Oí un aplauso cerrado, y la perversa curiosidad democrática me llevó de nuevo a mirar el televisor inapagable: los candidatos habían desaparecido, pero ahí estaban sus cónyuges, Martita y Cecilia, de pie y ataviadas únicamente con zapatos de taco alto. Qué es esto, me escandalicé. Se trataba de una reformulación del mito de la manzana de la discordia, que desembocó en la guerra de Troya. Como las diosas de antaño, las presuntas primeras damas exhibían su poder de fascinación ante el respetable público. Un locutor anunciaba que, ante la poca credibilidad de los paladines de la Concertación y la Alianza, su derecho a la primera magistratura de la nación iba a dirimirse en este noble concurso de belleza. Un caso de machismo-leninismo flagrante. Por aplausómetro, nada menos. La política, como método, se declaraba vencida, y con razón. Miré a ambas damas y me dolió moralmente la cabeza. Acto seguido desperté: la pantalla era un puro zumbido. Uf, vaya alucinación. Aunque, ¿por qué no?

«Mujeres, mujeres: habrá mujeres en mi gabinete», seguía yo escuchando a los candidatos presidenciales -como un eco alucinado y desde el televisor inapagable- tras el debate del lunes pasado.

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