Si el verso argentino fuera considerado un tipo de poesía, los vecinos habrían ganado el Premio Nobel de Literatura un par de veces más que nosotros.
Justo cuando empezábamos a preguntarnos si el gol de Eduardo Vargas aprovechando la lesión de Carlos Lampe era una maniobra aceptable en una competencia como las eliminatorias sudamericanas, que deben ser las menos respetuosas del Fair Play en todos los ámbitos, nuestros muchachos se dejaron meter un gol en arco propio para devolver la inesperada gentileza del arquero boliviano.
Fue como si lo hubieran hecho a propósito, porque los rivales llegaron con extrema facilidad al arco chileno y dejaron la ventaja a su favor tal como estaba antes del pragmático festejo de Edú Vargas, con dedicatoria al aire incluida: nunca sobra un corazón lanzado hacia la tribuna, especialmente si se trata del gol que rompe una sequía récord del equipo con siete partidos sin convertir a esa altura. Algunos lo compararon con el denominado Gol de la Vergüenza, cuando Chile le ganó por no presentación a la Unión Soviética en 1973 y las autoridades del fútbol armaron una farsa para que la Roja les anotara un gol simbólico a los comunistas rusos.
Pero ya está dicho, nosotros no alcanzamos a tomarle el peso a la maniobra del empate. Un par de minutos después de la reanudación los nuestros se regalaron con escándalo para poner las cosas en su lugar. El segundo gol de Bolivia ni siquiera nos dio rabia porque estaba bien que así fuera y yo hasta me acordé del famoso comentarista mexicano del 7-0 en el Levi's Stadium de Santa Clara: ‘Está bien. ¿Saben por qué está bien? Porque México no reventó la pelota. No tienen idea contra quién están jugando ni cómo está planteado el partido'. Cambiamos Chile por México y la frase funciona perfectamente.
Bolivia logró su primer triunfo en Santiago en partidos por los puntos. El primer también tras una racha de 67 partidos sin ganar de visita. ¿Por qué pasó lo que pasó? Hay que preguntárselo a Ricardo Gareca dentro de un día o dos, cuando se le agote el humo industrial que lanzó en esta pasada. Dijo que le gustó el equipo que mandó a la cancha, no el resultado… Si el verso argentino fuera considerado un tipo de poesía, los vecinos habrían ganado el Premio Nobel de Literatura un par de veces más que nosotros.
Gareca se equivocó y lo sabe bien. Hizo demasiados cambios respecto del partido anterior y diseñó un nuevo equipo al que nunca le tuvo fe y de hecho lo cambió antes de que terminara el primer tiempo, con una simbólica bofetada a Ben Brereton, actualmente el jugador de mayor calado en su plantel. Gareca se equivocó y en su marcha atrás para corregir su propio error maltrató a sus jugadores y terminó de empujar por el abismo a un grupo que ya venía a medio morir saltando. En todos los cambios que hizo intentó vanamente resolver el problema que él mismo había creado.
Ahora le queda pensar en lo que viene. Si renuncia, porque ya no hay billetera para indemnizaciones. O se dedica trabajar en serio para devolverles la confianza a sus muchachos. Bolivia le ganó a Chile con futbolistas que mayoritariamente juegan en la liga boliviana. Ese es el umbral en el cual toca competir. ¿Nos vamos a dar por vencidos?


