El 9 de los albos igualó un récord de Alfonso Domínguez que data de 1939 en el 6-1 a U de Concepción
El mejor, según el 9 del Cacique, fue el tercero de su faena personal: un globito que entró ajustado por un ángulo del arco de Jorge Broun.
Hay noches en que el gol se esconde detrás de todas las piernas y otras en que sale a buscar al mismo hombre. A Javier Correa le tocó esta última suerte, aunque sus cuatro goles a Universidad de Concepción tuvieron poco de azar. Este viernes llegó al Monumental con una contractura fresca, cuatro partidos sin ganar y el campeonato respirándole en la nuca a Colo Colo. En 45 minutos hizo algo que Macul tardará años en olvidar.
Primero hubo que abrir la puerta. Francisco Marchant levantó la cabeza desde la derecha y sirvió un centro de precisión insolente. Álvaro Madrid se despegó de su marca y, a los 7 minutos, clavó un cabezazo arriba, donde Jorge Broun apenas pudo mirar. Dos minutos después, Gedeón Díaz imitó el gesto desde la otra orilla. Correa apareció a la espalda de los defensores y la martilló junto al primer palo. A los muchachos de casa les corresponde una mención especial: sus centros tuvieron la limpieza de un pase dado con la mano.
El segundo de Correa llegó a los 20. Osvaldo González tropezó con la pelota en la salida y el 9 entendió antes que nadie lo que venía. Se lanzó hacia el área, dejó a Jorge Broun tendido y terminó la tarea con una serenidad casi ofensiva. El error fue ajeno; el resto, de un goleador que huele el miedo mientras corre hacia el arco.
A los 36 apareció la pieza más delicada de la colección. Rodeado de defensores y sin espacio, Correa levantó la pelota con una sutileza impropia del tumulto. El globito viajó hasta el ángulo como si alguien hubiera detenido el partido para permitirle ensayar el golpe. El Monumental rugió primero y después se quedó mirando. Hay goles que se celebran dos veces: cuando entran y cuando se comprenden. Correa, después del partido, lo eligió como su mejor gol.
Faltaba el cuarto, a las puertas del descanso. Arturo Vidal puso un taco que parecía un desafío; Correa lo aceptó atravesando el hueco entre dos centrales, amagó frente a Broun, lo dejó en el suelo otra vez y colocó el remate. Cinco a cero para Colo Colo. Cuatro para un solo hombre. La angustia de semanas salió de golpe por las tribunas.
La historia guarda a sus hombres de excesos: Chamaco Valdés le marcó seis a Rangers en 1972; Alfonso Domínguez, Jorge Robledo, Carlos Caszely y el Tunga González llegaron a cinco; Esteban Paredes firmó otros cinco ante Ñublense en 2014. Correa se quedó a un paso de esa mesa, pero con una rareza que nadie le quita: comprimió sus cuatro goles en un solo primer tiempo. Con eso igualó un récord de Alfonso Domínguez que data de 1939.
Fernando Ortiz lo retiró a los 66 minutos. El público lo despidió de pie; se fue con el balón y varios récords al alcance. Venía de salir con molestias ante Palestino y guardar las piernas para la recta final del torneo tenía más sentido que tentar al destino por una cifra. En el segundo tiempo anotó también Joaquín Sosa, luego del descuento penquista, mientras Colo Colo comprobaba que todavía era capaz de imponer su fútbol.
Seis a uno y las dudas en pausa. La goleada no borra el temblor de las últimas cuatro fechas ni convierte el título en una formalidad. Pero devuelve algo necesario: la imagen de un equipo capaz de jugar suelto, de encontrar por fuera y llegar con gente al área. Correa, que había soportado críticas, discusiones y dolores musculares, hizo el resto. Durante cuarenta y cinco minutos el fútbol le dio el gusto de caber entero en un solo hombre.


