Eliana Rojas se la pasa entre máquinas en un buque de guerra
Diez días atrás Eliana embarcó su morenidad desde el puerto Buenaventura, en el Pacífico colombiano. Lo cuenta hoy, diez días después, con un trozo de lija en las manos lista para pulir y pintar los rayados de uno de los pasillos del segundo piso de este colegio donde lo único suave que se lee es la S de Santiago Wanderers.
-¿Cómo es ser la única mujer de la tripulación?
-Bien, la verdad es que son un poco desordenados, pero mientras se desordenen de franco no hay problema, pueden hacer lo que quieran. A mí me tratan con respeto porque las jerarquías se respetan.
-Porque eres la teniente.
-Claro, tengo a cargo una dotación de marinos con los que estamos encargados del mantenimiento del buque. Ya pasé cuatro años de instrucción que me sirvieron para salir con la capacidad para hacerme responsable del personal y la verdad es que es muy chévere trabajar con ellos.
Para el marino segundo de la Armada colombiana, Hernán Gutiérrez, estar bajo las órdenes de una mujer como Eliana no lo distrae en lo absoluto. «Para nosotros solo existe la jerarquía y ella es nuestra teniente», dice muy serio.


