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Autor de la Foto: ÁLVARO DURÁN
Jana Toscheva buscaba al periodista Sergio Paz
Se conocieron en un bar en Munich, Alemania. A pesar de no cruzar palabra alguna, la velada terminó en la cama de Jana. Al otro día, Sergio desapareció temprano. Pero se volverían a ver.
Arturo Galarce
Febrero del 2002 y ahí está Jana Toscheva -nacida en Varna, Bulgaria-, con una mochila, un folleto con información turística sobre Valparaíso, sin hablar una gota de español, sin hablar una gota de inglés, en el aeropuerto Arturo Merino Benítez de Santiago de Chile. Viene por cinco días, aunque es más exacto decir que viene por cuatro noches. De tan lejos viene a vengarse.
Cinco días antes. Es martes y Jana no quiere carretear. Está con caña cuando suena el teléfono. Es su amigo Luis. A los 19, Jana abandonó su país para estudiar turismo en Munich, Alemania, y hoy es febrero, el frío es brutal y al otro día temprano debe estar en la agencia de turismo donde trabaja. Pero Luis, al teléfono, insiste para que Jana salga y le devuelva el suéter que olvidó el otro día en su departamento. Ella no quiere, pero sale igual.
El lugar de encuentro es el mismo bar brasileño de siempre. El bar donde aprendió a bailar samba, tomar caipiriñas y desatar su personalidad latina en un país como Alemania (Digresión: hasta hacía meses Jana pololeaba con un alemán. Vivía con él, tenían planes, pero el tipo era aburrido. Nunca un traguito después de la pega, ni un bailoteo, nada. Después de cuatro años de relación, Jana terminó con él).
«Cuando entré al bar, empecé a llamar al celular de Luis y me sonó apagado. Pensé que me había dejado plantada y me enojé. Pero después me dije: Ya estoy aquí, así que me puse a tomar caipiriñas. Me tomé una, otra, hasta que de repente una alemana muy borracha me dice: Mira como te está mirando él. Y yo miro y ahí estaba Sergio, mirándome».
Sergio Paz, periodista chileno de paso por Munich, sentado al otro de la barra por accidente, en ese bar de brasileños por accidente, con pasaje a Chile al día siguiente -luego de reportear centros de esquí en Austria-, mira a Jana a través de sus lentes ópticos.
«Cuando lo vi no fue amor a primera vista, pero no voy a decir que no me gustó. Lo encontré atractivo. Más encima, como estaba bastante tomada, pensé en pasarla bien», dice Jana, 37 años, una tarde del 2015, sentada en la terraza de su casa en Isla Negra. «Yo le hice un salud a distancia con mi caipiriña. En un segundo llegó a mi lado y me empezó a hablar y yo no le entendí nada. Me hablaba en español, en inglés. Nada. Yo sólo hablaba búlgaro y alemán porque en el comunismo no nos enseñaban inglés. Pero como estábamos los dos bien copeteados, empezamos a bailar».
«Terminamos encamados en mi casa. Y al día siguiente, yo desperté de un trance. Estábamos bastante curados, fue una noche loca, y yo dije: Lo único que sé de este señor es que es de Chile. Y como pude le dije: Your adress, please (tu dirección, por favor). Y él me dejó todo. Su teléfono, dirección, mail. No sé por qué le pedí los datos. Quizá pensé que algún día podría ir. Bueno, él se fue y entonces, me empecé a sentir picada. No tanto con Sergio, si no conmigo misma, cómo me pude meter en eso. Yo soy liberal y todo, pero nunca había sido mujer de una noche. Empecé a mandarles mensajes a mis amigas y les dije: Felicítenme por mi primer touch and go. Y ellas me responden: ¿Quién es ese tipo? ¿Qué se cree? Y yo pensé: Sí, qué se cree. Este señor me va a ver pronto».
Venganza búlgara
A los cinco días, Jana consiguió algunos días libres y un pasaje a Chile. «Yo estaba picada, a las mujeres no les gusta eso de una noche. Se sienten un poco usadas. Es una mezcla rara de rabia y orgullo. Puede que una no sea la Miss Universo, pero no es una mujer de una sola noche. Así que me fui convencida de cobrar cuatro noches más que sea, pero no una. Pensado y hecho».
Antes de partir, Jana le pidió a su amiga portuguesa que le redactara una frase en portugués para avisarle a Sergio de su viaje a Chile. «Nunca tan mala. Lo llamé y le dije que iba. Nada más. Cuando colgué dije: Este hueón se va a esconder, se va a escapar en mil hoyos, porque además yo pensaba que era casado, así que me fui con la idea de que no lo iba a ver, pero al menos iba a conocer Viña y Valparaíso».
Pero cuando llegó al aeropuerto, Sergio estaba ahí, esperándola. «Yo quedé plop, feliz, y empecé a tratar de explicarle por qué estaba ahí, que íbamos a pasar cuatro noches más juntos y yo me iba a quedar tranquila de que no soy para una noche. Le dije: No vengo aquí ni para casarme contigo ni nada, yo vengo acá porque primero no me gustó que haya sido una noche, porque no soy una mujer así, y dos, para reconciliar mi propio orgullo. Hay gente que lo malinterpreta y dice que fui demasiado orgullosa. Pero yo no quiero ser de una noche».
Sergio, que en ese entonces comenzaba su libro «Santiago bizarro», llevó a Jana a su departamento en Providencia. Se comunicaron con señas hasta que entraron a la cama por los restantes cuatro días. «Nos entendimos en la cama. ¿En qué otro idioma íbamos a hablar? Traje un diccionario de español, pero nada. Entrar en un tema era imposible. Fue como Nueve Semanas y Media, hasta que al quinto día él tenía que ir a reportear al sur y yo fui a conocer Valparaíso. Ya en Alemania, entendí que este hombre sí me estaba gustando».
Durante los siguientes meses, la comunicación entre ellos no se detuvo. Sergio le escribía correos, que su amiga traducía al portugués y luego al alemán para leérselos a Jana. Y luego Jana escribía sus respuestas en alemán para que su amiga se los tradujera al portugués y luego Sergio los descifrara. «Él me decía que me extrañaba, cosas muy del corazón».
Luego vinieron los viajes constantes. Durante dos años, Jana visitó Chile y Sergio viajó seguido a Alemania y Bulgaria, donde conoció a la familia de Jana, hasta que un día del 2005 se convencieron de algo: la venganza de Jana había ido demasiado lejos. Estaban enamorados, vivirían juntos.
Ella se vino a Chile y cursó talleres de español. Hizo buenos amigos. Se casaron el 2006 en una ceremonia austera, a la que llegó vestida de novia pero con una mochila de turista en la espalda. Desde entonces, se dedica a criar passifloras -enredaderas con flores que dan frutos como el maracuyá o el tumbo-, además de crear especies híbridas que vende en su invernadero (www.passiflorachile. cl). Su favorita, dice, es una que bautizó como Chilean Dream. «Es que lo que estoy viviendo es un sueño chileno, venirme de tan lejos, haber hecho esta locura», dice Jana, una tarde del 2015, en su casa de Isla Negra, mientras una mujer pica perejil en la cocina. «Es que harto loca que estás», se le oye decir. Es su madre, que también abandonó todo para venirse a Chile y vivir en el litoral central y tejer chalecos andinos. «¡A quién habré salido, poh!», le responde Jana, con una carcajada, antes de preguntarle si sigue en pie la invitación a pescar jureles en el muelle de El Quisco.


