Las eliminatorias se clausuraron con el gesto previsible de ofrecer consuelo envuelto para consumo masivo: juventud, ilusión, la idea siempre agradable de que por fin se acaba un tormento. Era lógico. Estábamos como en esa canción de Los Prisioneros que convirtió el desengaño en mercancía nacional: congelándonos, después de haber prometido que este invierno sería menos frío que el anterior.
Nadie quería aceptar lo evidente. Seis países iban directo al Mundial y un séptimo al repechaje. Era casi una garantía matemática. La intuición colectiva -la de los cronistas, la de la calle, la del pasto- repetía que era imposible hacerlo peor que en las últimas campañas. Para caer más bajo haría falta una especie de milagro invertido: una tragedia desmesurada, inconcebible después de los fuegos aún humeantes de la Generación Dorada.
Y estábamos equivocados. Quedamos últimos, jugando sin juego. Con un plantel envejecido y un entrenador sustituido por otro que ni siquiera tenía ganas de trabajar. En el tramo final, apenas una caricatura de equipo: impotentes para vulnerar arcos ajenos, acumulando 583 minutos -seis partidos y medio- sin un mísero gol que aliviara la estadística ni el ánimo.
Ante Uruguay redoblamos la excusa de pensar en el futuro: Nicolás Córdova insistió con más jóvenes, con la eliminación sellada hace rato. El resultado, un empate, da para un relato menor de redención: los muchachos corrieron, inquietaron, incluso hicieron que el Loco Bielsa se levantara varias veces incómodo de su cooler de plástico. Alcanzaría para engañarse: que el porvenir puede ser distinto, que el dolor puede ponerse entre paréntesis.
Pero debajo de esa ficción se agazapa la certeza. El gol, materia prima del fútbol, se extinguió en Chile. No hay especialistas ni en el recuerdo ni en la cantera. Ni veteranos, ni maduros, ni debutantes. En las series menores los delanteros son invisibles: condenados al anonimato por clubes que prefieren atajos, contratando al mismo tiempo al argentino titular y al suplente. Es más simple así: negocio cerrado con un par de llamadas de representante.
En esa lógica se explica la orfandad y el desastre. El gol en Chile ya no se fabrica. Se importa, sin comprobar la calidad del producto, mayoritariamente de segunda mano o de tercera categoría. Nadie quiere a los chicos que hacen goles en Quilín, que así quedan relegados, anulados en silencio por una práctica viciosa. Los asesinos del gol no están en la cancha: están en los escritorios de los dirigentes y en la firma apurada de un contrato que elige siempre lo de afuera.


