El crédito y la posesión de inutilidades y modas ha logrado convertirse en nuestra devoción número uno, relegando incluso a la Virgen del Carmen a un rincón del calendario.
La idea de la «crisis» se venía gestando desde el discurso pronunciado por el gran maestro de la masonería Enrique Mac-Iver: «Voy a hablaros sobre algunos aspectos de la crisis moral que atravesamos; pues yo creo que ella existe y en mayor grado y con caracteres más perniciosos para el progreso de Chile que la dura y prolongada crisis que todos palpan. Me parece que no somos felices; se nota un malestar que no es de cierta clase de personas ni de ciertas regiones del país, sino de todo el país y de la generalidad de los que lo habitan. La holgura antigua se ha trocado en estrechez, la energía para la lucha de la vida en laxitud, la confianza en temor, las expectativas en decepciones. El presente no es satisfactorio y el porvenir aparece entre sombras que producen la intranquilidad… En mi concepto, no son pocos los factores que han conducido al país al estado en que se encuentra; pero sobre todos me parece que predomina uno hacia el que quiero llamar la atención y que es probablemente el que menos se ve y el que más labora, el que menos escapa a la voluntad y el más difícil de suprimir. Me refiero a nuestra falta de moralidad pública; sí, la falta de moralidad pública que otros podrían llamar la inmoralidad pública».
Hoy, cien años después, ¿qué le cambiaríamos a este discurso? Es cierto que contamos con cientos de Gath & Chaves, con decenas de modelos de autos, pero, en doscientos años, ¿hemos logrado los chilenos ser felices? Ésa, a nuestro parecer, debe ser la única interrogante en este acontecido bicentenario de la dulce patria.


