Millonario regaló todo para no sentirse miserable

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De un día para otro se aburrió de los placeres mundanos

Karl Rabeder se pasó la vida trabajando para hacer fortuna. El problema es que nunca le gustó el dinero.

Cinco años atrás, Karl Rabeder disfrutó de unas merecidas vacaciones en las idílicas playas de Hawai. Pese a que voló en primera clase, alojó en hoteles cinco estrellas y disfrutó de opíparas cenas, el acaudalado empresario austríaco no lo pasó nada de bien. «Venía junto a mi esposa en el vuelo de regreso cuando me di cuenta de que estaba ahogado en el consumismo. Sentía que trabajaba como esclavo para mantener cosas que no me importaban», justifica. La primera damnificada fue la dama, de quien se separó tiempo después; luego vendrían casi todos sus bienes materiales, que no eran pocos.

A los 47 años, Karl está acabando el proceso de deshacerse de cada una de sus posesiones. «Las cosas que acumulé nunca me hicieron feliz», argumenta en una entrevista concedida esta semana al diario británico «Daily Mail». Su insólito desprendimiento llena hoy páginas en la prensa mundial, que no entiende cómo un tipo que lo tiene todo ha decidido reducirse al mínimo para sentirse bien consigo mismo y ayudar a los más necesitados al estilo San Francisco de Asís.

Trabajo, trabajo, trabajo.

Rabeder no nació en la opulencia. Hijo de un pintor y una oficinista, creció en un modesto hogar en Linz donde la plata no sobraba en lo absoluto. «Vengo de una familia muy pobre. Allí la regla de oro era trabajar duro para prosperar y adquirir lo que hacía falta. Desde pequeño aprendí el valor del dinero y me acostumbré a vivir sin él», rememora.

En 1984 recibió un diploma de técnico en matemáticas en un instituto de su ciudad natal; dueño de un innato talento para los negocios, pronto amasó una respetable fortuna. Dos años después de titularse creó una empresa que distribuía productos artesanales para el hogar -como jarros de cerámica o adornos de papel maché- y le fue de lo más bien: a fines de esa década ya gozaba de un inesperado estatus de millonario.

Nadando en la abundancia se dedicó a gastar a manos llenas. Compró una villa en los Alpes avaluada en cinco millones de dólares, una granja de 17 hectáreas en la Provenza francesa que costó otro millón y medio, una colección de autos de lujo y ocho planeadores, su principal hobby. «Pensaba que mientras más dinero tuviese más feliz sería, pero no era el caso. me tomó mucho asumir que no necesitaba nada de lo que tenía», admite.

Así fue cómo el 2004, de vuelta de sus tristes vacaciones en el trópico, vendió su compañía a un grupo de inversionistas; en los años sucesivos también se deshizo de su flota de vehículos -que incluía un Audi 8 de 90 mil dólares- y de los aeroplanos, aunque mantuvo su empleo voluntario como instructor de vuelo para adolescentes. Dejar todo atrás no le costó tanto: el problema vino cuando tras largas charlas con la almohada se atrevió a preguntarle a su señora si le gustaría vivir en una casita sencilla en la ciudad. El divorcio fue cuestión de meses.

Si bien el palacete tirolés sigue siendo propiedad del bueno de Karl, él ya no vive ahí. Efectivamente se mudó a un departamentito de dos habitaciones que arrienda en Innsbruck y vive con el equivalente a 700 mil pesos chilenos mensuales (que bajo los estándares austríacos con suerte alcanza para postular a la clase media baja). «Los autos y los planeadores ya se fueron y el resto seguirá el mismo camino muy pronto. No puedo esperar para librarme de tanta tontería», afirma. Sólo semanas atrás puso a la venta su granja; si quiere estar solo se retira al único inmueble que conservó: una minúscula cabaña de madera en la montaña.

Millones para Sudamérica

Hasta acá, ésta podría ser la historia de un loquito simpático con alergia a los billetes y espíritu ermitaño. Pero no. Con la millonada que recibió por su empresa, desde hace un lustro Karl Rabeder encabeza una organización de beneficencia que financia una red de orfanatos en Latinoamérica. Sus planes, empero, son aún más ambiciosos.

«Hace un año desarrollamos un proyecto para enseñarles a los huérfanos técnicas agrícolas que les permitan crear sus propios invernaderos. Cuando sean mayores de edad, esperamos asignarles microcréditos que les ayuden a establecerse como agricultores independientes. Esa es la base de una organización que debiese ayudar en lo que realmente necesita a esta gente trabajadora», explica el filántropo.

Su vínculo con nuestro continente tiene larga data: cuando disfrutaba de su vida de magnate viajó en numerosas oportunidades por estos pagos para participar de expediciones en planeador. En cierto momento, sin embargo, comenzó a sentirse demasiado incómodo con las sonrisas fingidas de sus anfitriones. «Cada vez tuve la mayor certeza de que existía una conexión perversa entre nuestra riqueza y la pobreza de quienes nos atendían», confiesa.

El cronograma apunta a que su fundación «My Microcredit» esté activa en buena parte de Centro y Sudamérica a mediados de este 2010. Para sustentar su operación durante los primeros años, Karl ha ideado un sistema de lo más original: una rifa. Patrocinado por un programa de la TV austríaca orientado a la ayuda social, en marzo próximo sorteará su villa entre quienes adquieran alguno de los 21.999 números en venta. Cada uno cuesta 99 euros, unos 75 mil pesos chilenos.

Con la curiosa lotería -cuyo premio es promocionado como «Mansión con vista a los escenarios de La Novicia Rebelde»- espera recaudar al menos dos y medio millones de dólares. La suntuosa casa, de 320 metros cuadrados de superficie construida, posee sauna, gimnasio, media docena de dormitorios y una lagunita en el patio.

«Mi idea es no poseer nada, absolutamente nada. El dinero es contraproducente, impide la felicidad», proclama Karl en el periódico londinense «Telegraph» para justificar tanta generosidad. Los planes de su fundación se pueden revisar en mymicrocredit.org, donde se han publicado las historias de varios microempresarios de El Salvador y Nicaragua que han recibido financiamiento y asesoría técnica. Entre ellos se cuentan artesanos, vendedores de comida, quiosqueros y un sinfín de pequeños emprendedores.

«Esta es una plataforma para que inversionistas tengan la posibilidad de auspiciar directamente programas de asistencia social en países en desarrollo. Nuestros fondos provienen de donaciones voluntarias; aspiramos a que los proyectos elegidos les signifiquen a los beneficiados la oportunidad de un progreso sustentable», detalla el sitio. La tasa de aprobación a los créditos de este particular «banco» es de un 98%, cifra impensable para el sistema financiero formal; entre las naciones elegidas para comenzar la entrega de préstamos blandos están Honduras, Perú, Bolivia, Argentina y también Chile.

«Soy muy feliz y me siento libre como nunca. Tengo la sensación de que existe más gente que tomará este camino, aunque no creo tener el derecho para aconsejar a nadie: yo solo he seguido la voz de mi corazón y no creo que pueda juzgar al resto. Lo peor que me podría suceder ahora es que fracase y deba buscar un trabajito para mantenerme», acota con ironía.

Las vacaciones más roñosas de la vida

L as tres semanas que Karl Rabeder pasó el 2004 en las islas hawaianas fueron lo contrario de lo que él esperaba. En vez de relajarse y compartir jornadas románticas en compañía de su esposa, se sintió miserable como nunca.

«Fue el peor shock que he sufrido en mi existencia. Me di cuenta de cuán horrible, desalmada y sin sentimientos es la rutina en los hoteles cinco estrellas. Durante esas semanas derrochamos todo el dinero que alguien podría gastar, pero en ningún momento conocí a un solo ser humano real. todos éramos actores. El personal que nos atendía cumplía su rol de ser amable; los pasajeros jugábamos a ser condescendientes e importantes. De pronto noté que el lujo y el consumo eran vacíos, que era hora de comenzar a vivir la vida de verdad. Si no lo hacía de inmediato no lo haría jamás», le confesó al «Telegraph».

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