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Título/Pie de foto: Vicente Montañez
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Título/Pie de foto: Ateos fuera del clóset Cristóbal Bellolio Debate, 2014, 300 páginas.
Con decidores ejemplos y vasta cultura, Cristóbal Bellolio afirma que la posición de los ateos es mucho más sotenible intelectualmente que la de los creyentes.
Vicente Montañez
Cuenta Cristóbal Bellolio que dejó de creer en Dios durante su adolescencia. Sospechosa le pareció esa entidad no comprobable, además de innecesaria. Cuando en el joven católico despierta la capacidad crítica -dice el autor de Ateos fuera del clóset -, trízanse ipso facto los dogmas que le han inculcado. Y cita un autogol de Ignacio de Loyola: «Sacrificamos el intelecto a Dios».
Bellolio -abogado y cientista político- examina qué significa ser ateo, filosófica y socialmente, en un contexto mayoritariamente creyente. Recurre para ello a muy diversos pensadores. Algunos son filósofos actuales del ateísmo, como Christopher Hitchens y Richard Dawkins, por nombrar a dos de los más intensos.
«Nuestra posición es -con distancia- la más sostenible intelectualmente», señala Bellolio -quien se considera un ateo pensante-, y agrega que «pecaríamos gravemente si nos abstuviésemos de comunicarla y defenderla». Admite regocijo al ver que su propia madre «ha ido cediendo ante la fuerza de los argumentos ateos».
La «hostilidad» social induciría a muchos ateos a evadir el tema, o a declararse «agnósticos», un descreimiento más ligero, «blanqueado» por temor a la inquisición familiar o pereza argumentativa. ¿Ateo y agnóstico son lo mismo? No. El autor explica la diferencia y expone la escala de uno a siete creada por Dawkins, que va del «fuertemente teísta» (el creyente que «sabe» que Dios existe) al «fuertemente ateo» (quien «sabe» que Dios no existe).
Con decidores ejemplos y vasta cultura muestra Bellolio las incongruencias del creyente: un católico chileno, aun con estudios superiores, ve en la Pincoya chilota, que provee buena pesca, una «primitiva superstición», pero se traga sin molestias la idea de que un tal Jesús multiplicó los peces hace dos mil años.
Ante los débiles sistemas explicativos religiosos, Bellolio prefiere las verdades de la ciencia, siempre revisables por la investigación: explican con mayor consistencia cómo funcionan nuestro planeta y el universo (y cómo éste comenzó, si es que no existió desde siempre). La teoría de la evolución de las especies versus el creacionismo religioso es, en este sentido, un ejemplo emblemático. «La religión», dijo Hitchens, aquí citado, «fue la primera -y la peor- tentativa de nuestra especie para explicar la realidad».
Todo un capítulo examina la función analgésico-terapéutica de la religión. Leemos allí -entre múltiples ideas- la oportunista fórmula de Pascal: según ella, al creer estaríamos blindados (por si las divinas moscas). Otro capítulo explora la «moral de los sin dios»: ¿puede un ateo ser buena persona? Puede. Y la experiencia del autor sobre la «maldad» normal en un colegio católico sugiere que la religión nada garantiza al respecto. Bellolio exhorta a los ateos chilenos a «salir del clóset» y exponer sus posiciones con toda claridad. Sin culpa y sin miedo.
Su prosa es clara, didáctica, muy enterada, un poco obvia, alegre y coloquial: en una ocasión se asustó «más que monja con atraso» ante la desaparición de una botella de cerveza; alucinado literal, lo atribuyó a «los duendes que esconden las cosas». Al encontrarla despejó esa duda: los duendes (como Dios) no existen. Pero otra nos tortura: ¿por qué insiste el autor en escribir «demás» cuando debe decir «de más»? Nos tienta exclamar: «Sólo Dios sabe». Pero no.


